06 abril, 2012

Aceptarse uno mismo

Como de costumbre el elevadísimo timbre del despertador hizo que Lucas reaccionara dándole un severo manotazo; acabó por el suelo hecho trizas y él, con el habitual mal humor mañanero.
Tras unos minutos haciéndose el remolón consiguió despegarse de las sábanas y apoyar el pie derecho primero, luego el izquierdo. Un bostezo. Otro más. Y sentado en la cama notó que le costaba más de la cuenta mantener la vertical, se inclinaba hacia delante por un peso desconocido procedente de la parte central de su cabeza. Se tocó y ahí pegado había algo que no era suyo. Con esfuerzo se puso de pie y haciendo equilibrios llegó hasta el baño. Al encender la luz y cuando sus ojos enfocaron vio frente al espejo que un enorme apéndice nasal le había crecido durante la noche. Se pellizcó por si fuera una pesadilla mas lo único que consiguió fue hacerse daño. De manera refleja se acercó un poco para verse mejor pero su gran nariz chocó con el espejo. Era desproporcionada, de las que asombran, mayor que la palma de su mano, rígida, ósea salvo en la punta que a modo de colgajo caía dividiendo su rostro en dos. Lucas palideció, se mareó, respiró con dificultad y con la espalda pegada a la pared pensó que el mundo se le venía encima. ¡Cómo salir a la calle con semejante despropósito! Pasó un tiempo, quizá horas y decidió finalmente asomarse a la ventana para que le diera el aire. De lado, para no chocar con las cortinas divisó una mujer con un solo ojo en mitad de su frente que cruzaba la avenida, en un banco del parque paseaba un abuelo con dos orejas como las de un elefante, un niño con cuatro piernas corría detrás de una pelota, una señora sin boca y piel azul sostenía las bolsas de la compra y a punto de entrar al portal, el vecino de al lado, lucía una gigantesca joroba. Quizá él sólo fuera uno más en el barrio.

Texto: David Moreno Sanz
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