11 abril, 2012

Viajar


Cuando viajo, funciono con la nariz.
El olfato me conduce a los mejores puestos de comida. Si huelo curry, cardamomo, canela, salgo disparada como si alguien me hubiera pescado y tirara de mí sin contemplaciones.
Al entrar en un museo, por instinto, el aroma de mis preferidos me lleva a ellos, sin pérdida, da igual los recovecos que tenga que sortear. El temple de La Francesca, el barniz de Mantegna, los azules de Bellini, exhalan sabiduría. Allí voy yo, como una bala… ¡ah, qué haría sin mi nariz!Si entro en el hotel y el olor no me gusta, cancelo la reserva y siguiendo mi olfato, encuentro el que me trae fragancia de cortinas en la brisa, balconcillos con herrajes y toallas recién lavadas. Coger el metro es un placer. Allí practico entre esencias diversas, las coloco en escalafones imaginarios, me despisto de las que no me gustan, profundizo en las sutiles, anoto las deseadas. Los mercados de pulgas son mis favoritos: maderas viejísimas, ropas manoseadas, óxido de llaves y herramienta, monedas desgastadas. Todo me lleva a una suerte de pecera, donde sólo yo respiro con mis branquias de pez entre el agua de los olores.A mediodía, echada sobre un banco, el rumor de las hojas lo huelo verde, los troncos desprenden esencia de alcanfor, un pajarillo que se acerca sabe al plumón del palomar de mi infancia, el niño que pasa sacude mi olfato con su colonia fresca y suave.Por eso, cuando viajo, mi nariz siempre va delante.


Texto: Virginia González Dorta
narración: La Voz Silenciosa
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