12 mayo, 2012

“La juguetería errante” de Edmund Crispin

Título: La juguetería errante
Autor: Edmund Crispin
Editorial: Impedimenta Ediciones
Título original: The moving toyshop
Traducción: José C. Vales
Páginas: 320 Páginas
Precio: 20,20 €

Esta curiosa novelita, que lleva como subtítulo “Un misterio para Gervase Fen”, es una de esas rarezas, a menudo británicas o del ámbito literario de habla inglesa, y rarezas en el mejor sentido de la palabra, que de vez en cuando rescata la editorial Impedimenta, y que hemos comentado en esta sección en los casos- no se trata de este, en mi opinión- en que el rescate ha supuesto para los lectores españoles la oportunidad de leer autores y obras injustamente ignorados o simplemente inéditos. “La juguetería errante” no puede ni de lejos ponerse a la altura de anteriores libros de Penélope Fitzgerald o Stella Gibbons: se trata de un libro ameno, que se lee sin demasiada dificultad, aunque su tono “correctamente british” cansa pronto, y en la que se plantea uno de los enigmas que fueron cimentando la novela de detectives inglesa, valga la etiqueta como aproximación, tan diferente a lo que más tarde sería la novela negra, en un primer momento norteamericana. Con las salvedades que se quieran hacer, y que siempre resultan estimulantes, uno prefiere la segunda de las escuelas, y sus ramificaciones posteriores, y no creo que esas llamadas "detective o detection stories” tengan la misma capacidad de pervivencia.

En “La juguetería errante” asistimos a la resolución de un enigma que se le presenta al

poeta Richard Cadogan, amigo de Gervase Fen, el excéntrico profesor protagonista de otras novelas de Crispin. Nuestro poeta decide pasar unos días en la ciudad de Oxford, la auténtica protagonista de la obra en muchos sentidos, y nada más llegar se encuentra, en plena noche, con un cadáver: se trata de una mujer tendida en el suelo de una juguetería. A la mañana siguiente descubre con sorpresa que en el lugar donde se encontraba la juguetería hay un ultramarinos y que la ayuda de Fen le resultará imprescindible para la resolución del misterio, y al mismo tiempo para justificar su comportamiento ante la policía de la ciudad universitaria.

Los dos amigos comienzan una serie de pesquisas a lo largo de la ciudad, en las que irán visitando diferentes ambientes universitarios, entre los que se incluyen collages, capillas y pubs, y atando los cabos que les ayudarán a resolver el caso. La novela se desarrolla de manera previsible y con algunas escenas, especialmente las ambientadas en los pubs o las descripciones de los manejos de un avaricioso abogado, pero sin dejar un gran recuerdo en el lector.

Edmund Crispin, autor del que confieso que no había oído hablar en mi vida, debe de haber sido todo un personaje y un hombre intelectualmente muy brillante, lo cual, como ocurre a menudo, no garantiza que nos encontremos ante un gran escritor. Nació en 1921 en Buckinghamshire y asistió al St John´s College en Oxford, donde se licenció en Lenguas Modernas y donde fue organista y maestro de coro, experiencias todas que recoge la novela. Es autor de una más que notable descripción de sus aficiones: le gustaba nadar, fumar, leer a Shakespeare, escuchar óperas de Wagner y Strauss, vaguear y mirar a los gatos. Y por el contrario, sentía gran antipatía por los perros, las películas francesas, las películas inglesas modernas, el psicoanálisis, las novelas policíacas psicológicas y realistas y el teatro contemporáneo. Toda una declaración de principios que se traduce- como no podía ser de otra manera- en el tema, la estructura narrativa y el desarrollo de esta novela.

Crítica: Tomás Rubial