23 junio, 2012

Nela


Nela es santa, decía mi madre, no se cansaba de repetirlo. Yo nunca entendí el porqué de sus palabras. Cuando creía que nadie miraba, salía el demonio que tenía dentro.

Al pobre Pulgas le ataba las patas y le obligaba a arrastrar el trasero por los cantos de la entrada mientras soltaba aullidos lastimeros. Escaldaba a los gatos de la señora Juana y al párroco don Higinio, cuando venía de visita a merendar el chocolate con churros que mi madre preparaba con mucho cuidado todos los miércoles y que servía entre suspiros y miradas, le prendía los bajos de la raída sotana con un palito que sacaba de las brasas. Una vez tuvo la osadía de llenar la pila de agua bendita con florecillas que recogió en el camino hasta la iglesia. Nela tenía un don para hacerle jugarretas al cura. A él como a mi madre, las cosas de Nela no le molestaban.

Nunca la reñían y cuando yo intentaba acusarla, mi madre se hacía la tonta, cantaba, o cambiaba de tema. Tomaba a Nela en sus brazos, le besaba y le atusaba las negras

trenzas. A mí la envidia me hacía pegarle pellizcos y patadas en las espinillas por debajo de la mesa.

Cuando mi madre hablaba con la señora Juana o con otras de sus comadres, yo me escondía detrás de la puerta de la cocina intentando descubrir el misterio de la santidad de mi hermana. Una de las veces escuché algo referente a su nacimiento, algo que no entendí, Mi hermana había sido un milagro, fue concebida por un santo... No pude escuchar nada más porque Pulgas abrió la puerta de un empujón y mi madre al verme se calló mientras se limpiaba las lágrimas con la manga, dijo a las vecinas algo de la ropa tendida y cambiaron de tema.

A sí, a retazos, la historia de la santidad de mi hermana iba tomando forma en mi cabeza.

Yo la ponía a prueba y la observaba cuando se bañaba para ver si tenía marcas como en las historias de las vidas de Santos que nos contaba Don Higinio en catequesis, pero nunca le vi nada.

Cuando Pulgas se hacía alguna herida la pedía que le impusiera las manos esperando ver el milagro de la curación y cuando murió el jilguero intente a base de pescozones que lo resucitara como hizo Jesús con Lázaro a fuerza de repetir “levántate y anda” pero nada funcionó. Yo no veía la santidad de Nela.

El día que desapareció, la buscamos por todas partes, por el cerro que estaba a la espalda del pueblo, en la charca, en la chopera, buscamos en las cuadras, en las huertas, en los trigales y en la era, no apareció.

Desde ese día, al pozo seco le ha brotado un manantial nuevo y un rosal blanco ha nacido a sus pies. Ahora sé que es santa, ha obrado un milagro. Desde que no está, mi madre me quiere.

Autora: Rosa Martínez Famelgo

Narración: la Voz Silenciosa