22 junio, 2012

Urdidores de sueños


Permanecí en la cama al acecho, con un ojo cerrado y otro abierto. Frente a mí, la hermosa luna del armario reflejaba algún destello de luz amarilla filtrado desde la calle por entre las cortinas del balcón. Cuando el ojo cerrado comenzó a introducirse por el oscuro pasadizo de Morfeo, bizqueé el ojo abierto hasta que en la penumbra del túnel comenzaron a brillar los reflejos ambarinos del espejo de donde salieron unos tres o cuatro (¿o eran mas?) pequeños seres alados con formas que mezclaban lo humano y lo animal, tal como se podría decir de un fauno o de una arpía, solo que estos eran aún más fantásticos. Necesitaría otro relato para poder describirlos con detalle –cosa que no descarto-, pero ahora vamos a lo que vamos, que debo ser breve. 
Portaban un baúl que pusieron al pié de la cama y, abriendo la tapa, sacaron un valioso bolígrafo atado a un cordón (¡caramba!, ¿no era el que se me había extraviado esta mañana?), luego un charco de aguas turbias, un poco de llovizna suave, una niebla espesa, un papel con algo escrito que pusieron ante mis ojos pero que no podía leer pues desconocía ese alfabeto, una piedra enorme al borde de un precipicio, el rostro de mi padre, que no era mi padre, diciéndome algo que no entendía…; entonces empezaron a revolotear alrededor de mi cabeza con todas esas cosas y las zarandearon anárquicamente hasta que fueron cayendo en mi mente conformando una historia increíble, fantasmagórica, angustiosa.
Pero se acaba el tiempo de este cuento y debo dejar para otro día la narración del sueño que tejieron estos alados, pues certifico que narrar historias es el motivo por el que sigo viviendo, ¿o es que esta estratagema solo le iba a dar resultado a Sheherezade?

Texto: Roman Martin Martin
Narración: La Voz Silenciosa