13 junio, 2012

Vientos de junio


Los vientos de junio estremecían las ventanas, sacudían las ramas de los árboles para amedrentar más en la oscuridad, amenazando con romper los cristales o quebrar los tallos o levantar los tejados o colarse en los lechos agazapados en las sombras. Los aires desbocados liberaron a todos los fantasmas nocturnos que se apoderaron de la casa en un crujir de maderas, en silbidos chirriantes, en el batir de cortinas que ondeaban entre tinieblas.

Me levanté a recorrer la casa, a revisar si todo se mantenía en su lugar. Los fantasmas no existen, me decía dubitativa a las tres de la madrugada. Soplaba fuerte, con esa fuerza que pareciera querer borrar hasta 
las huellas en la tierra, como si estuviera vengándose de la afrenta de lo que los humanos
hemos interpuesto en su camino desafiándolo. Rencoroso, vanidoso, envidioso. Harto de resignarse a abandonar agotado estas batallas, a recomenzarlas por puro instinto de supervivencia sabiéndose perdedor por adelantado. Es verdad que algunas escaramuzas ganaba de vez en cuando, pero era peor contemplar impotente como todo su trabajo demoledor se reconstruía antes de que consiguiera reunir fuerzas para atacar de nuevo. Desanimado y abatido por el eterno sino de todos sus tiempos, al final siempre acababa rindiéndose.
Pero esta noche parecía resistirse a claudicar, se había envalentonado en la loma entre barrancos y no amainaría en breve. Bajé descalza la escalera de madera que sumó chasquidos a la noche inquietante, a oscuras porque sí había podido con el tendido eléctrico. De pronto un roce en el tobillo, tan leve que dudé si no sería el aire que se colaba por alguna rendija. Noté un sudor frío por la espalda y el sonido perfectamente audible de los latidos saltones de mi corazón. El tacto suave de no sabía qué en la otra pierna me dejó claro que no era el viento ni fantasmas incorpóreos sin sentidos. Grité cuando conseguí que el aliento atravesara mis cuerdas vocales; maulló el gatito gris de los vecinos que todavía no tenía claro dónde iba a instalarse.
Texto : Ángeles Jiménez
Narración: La Voz Silenciosa