22 julio, 2012

Día aburrido


Con precaución, abren la puerta de vidrio del edificio; miran hacía todos lados y, al ver que la insufrible de la portera no está, cruzan la recepción con mucha velocidad. Llevan una enorme bolsa negra entre ambos, por las expresiones de sus caras el contenido parece pesado. No quieren perder el tiempo esperando el ascensor, con sigilo y con gran esfuerzo suben las escaleras dando tumbos contra las barandas.
Ya en el cuarto izquierda la extraña pareja de góticos, que vive allí desde hace mucho tiempo, y que parecen no envejecer nunca, al fin logran entrar en el departamento y encerrarse bajo cuatro llaves. Mientras recuperan fuerzas y comienzan a desembalar el contenido de la bolsa, oyen, como todos los días a esa hora de la tarde, el ruido que produce el bastón del ciego que se dirige a alguno de los apartamentos del lugar; hasta ahora nadie sabe a cuál de ellos. En el preciso momento en que el invidente se encuentra frente a su puerta, la preciosa carga que les costó tanto esfuerzo cargar se zafa de los tatuados brazos de sus custodios.—¿Pero, eres estúpido? —sisea la pálida mujer de cabellos largos y oscuros, y cuyos caninos sobresalen de forma considerable—. ¿Con qué crees que nos alimentaremos, si echas a perder este cuerpo que robamos de la morgue? Con lo difícil que se hace estos días comer de forma decente.Fuera, el dueño del bastón
queda estático en el lugar, sus anteojos oscuros miran hacía la nada, parece estar escuchando algo. Sonríe de forma maligna, ya falta poco para que el inquilino del quinto, su mejor amigo, vuelva al ruedo; total, nunca nadie lo ha echado en falta de modo que no se van a asustar de verlo vivito y coleando otra vez. Entre los dos ya se encargarán de darle su merecido a estos dos chupa sangre, causantes de su muerte.En su puesto ya se encuentra la portera que había salido a cobrar su jubilación como enfermero. Hace un buen rato que está ahí y todavía no ha pasado nada interesante, está aburrida; mira de reojo el sobre amarillo destinado a Doña Coca. Luego sus ojos se pierden en el paisaje tras los vidrios, mientras tamborilea con ansiedad los dedos sobre el escritorio. Al fin sus manos son más rápidas que sus escrúpulos y toma el bendito sobre, le resulta fácil abrirlo al no estar pegado en su totalidad. Ojea con avidez, sin perder de vista la puerta por si alguien entra.En el cuarto izquierdo se oyen extraños ruidos, como los que hacen los animales cuando se alimentan. En el quinto, el hombre del bastón parece hablar con alguien mientras dibuja un gran círculo con una estrella en el suelo; como si viera lo que hace, pero sus ojos están blancos, sin vida.Y a pesar de todo, la portera sigue aburrida.
Texto: Patricia K. Olivera

Narración: La Voz Silenciosa
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