23 julio, 2012

El cartel publicitario




Al salir de la habitación, el pasillo estrecho, está inabordable. Dos tigres y un león están cómodamente sentados en el suelo. Jaime pasa, pero yo no puedo. No me dejan. Me siento morir de terror. Intento pegarme a la pared, no les quito ojo para detectar cualquier movimiento que se pueda producir en ellos. Parece que no me han visto, si es así podré pasar sin que me vean, soy muy delgado y tampoco soy muy alto, puedo confundirme con la pared si quiero. Querer es poder. No voy a ser menos que Jaime. Me convierto en algo muy plano como si fuera un cartel publicitario con mi foto. Paso raspando la pared. Las fieras miran hacia mi pero con aire distraído. Creo que no identifican qué es esa imagen. También mi olor está camuflado, se encuentra detrás del cartel. El olor que les llega es del papel por lo que no sienten ningún deseo de saltar sobre mí para devorarme. Bien, por fin llego al final del pasillo, estoy detrás de ellos. Escapo por la puerta de la calle. Corro todo lo deprisa que me permiten mis piernas. En pocos segundos estoy lejos. Pensé que no lo conseguiría pero ya estoy a salvo. ¡Qué mal rato he pasado!
De pronto me acuerdo que de pequeño me convertí en Superman, en contra de lo que decía mi madre de que lo de las películas no era verdad salté desde la terraza y volé. Fue una experiencia maravillosa. Lo conseguí porque tenía fe en mi mismo y sabía que lo podría hacer. Esto ha sido igual. El miedo es lo que nos atenaza siempre, con valor y fe todo se consigue.
Algunos dicen que soy un niño con poderes, que tengo magia. Sería estupendo. Casi prefiero ser como Harry Potter. Lo de Supermán está bien pero es de otra época. Harry mola más.
Texto: María Fuencisla López López
Narración: La Voz Silenciosa