27 julio, 2012

Inténtalo Alberto

Vivir en Sevilla nos marcó desde niños. Su sol, el gazpacho, su fino, la adolescencia, La Feria, su Semana Santa… No estábamos los gemelos dispuestos, bajo ningún pretexto, a cambiar nuestra vida en otra ciudad.
Soy Alberto, el chico. Decidí estudiar una carrera corta, una media. Aún me veo contándoselo a mi familia
—Trabajando duro me graduaré. Iré curso por año. En tres años, fuera estudios y exámenes. Empiezo a disfrutar y… a trabajar.
—Sí, preparando entrevistas de trabajo. Retocando el currículo; siempre para mejorarlo. Perfeccionando inglés y alemán como un nativo. Pasando los veranos en Dublín entre sándwiches y chapurreo. Y preparando dos cursos, desde que no las convocan, de oposiciones de primaria.
¡Llevaba, tres años, mi título de magisterio colgado en la sala! cuando…, esa noche, comentó mamá en la cena.
—Tía Adela pasará mañana, a primera hora, por casa para despedirse. Inténtalo, Alberto. Se marcha al pueblo después de cuarenta años de portería. Se encuentra muy reconocida, pero la jubilan por otra más joven. Con ese sueldazo, y el bloque de lujo que deja; van a darse tortas por el puesto.
—¿Mamá, no está ocupado? —,pregunté por curiosidad.
—Qué va, esperan a la tarde para que tía Adela seleccione.
Mi hermana gemela, dos meses Erasmus en Polonia, guardaba su ropa de primavera y

verano en el armario de mi habitación. Desde niños, compartíamos baldas y perchas. Todo se precipitaba esa mañana.
Aún adormilado, tomé del otro lado del ropero equivocada una americana. ¡No estaba mal vestido de mujer! Me recoloqué el pelo y bromeando bajé al salón.
—Carmencita, ¿Me dijiste que se marchó Natalia al extranjero? Qué detalle venir desde tan lejos para despedirme. No eres como Alberto. Me ha gustado siempre tu disposición, y tu parecido conmigo. Si no hubieras salido tan buena estudiante… ¡Menuda portera habrías sido!
La luz comenzó a encendérseme.
—Puedo serlo tía… Si tú quieres…
Mamá miraba atónita.
—¿Hablas en serio?, ¿de verdad quieres continuar mi trabajo?
—Por ti tía, por ti
—¡Estoy tan orgullosa! Ya eres portera de Bermúdez 36. Mi edifico está en las mejores manos. Puedo irme tranquila al campo. Carmencita, un momento que telefoneo. A ver, dame los datos de la niña. Ahora mismo van a hacerte el contrato… Adiós preciosa. Te mantendré informada. Recuerdos a tu hermano Alberto.
Desde la tarde siguiente, va para dos años. Mi novia, de toda la vida, me recoge a la entrada del despacho de portería. Tras un beso, nos marchamos a la calle felices de la mano. Los caseros, que todo lo ven, “no me ven mediática”. Las propietarias enmudecen en mi presencia, toman aire y estiran el talle. Los propietarios miran mi trasero, las tetas postizas, y sonríen enmudecidos. En este silencio los televisores callan. Los vecinos averiguan, ¡cómo pueden!, qué hacen los otros.
Ah, mi gemela volvió a casa con novio polaco. Ella, parece otro. Imparte clases de primaria en un colegio privado, y bien remunerado. Presentó mi título. Usa mis americanas, mi coche, y mis apuntes.
Texto: Calamanda Nevado Cerro
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