04 julio, 2012

La incertidumbre de cada noche


Paco -o Vanessa, como él prefiere que le llamen -ha salido ya a buscar al elegido de esta noche; la estela de su perfume barato y dulzón asciende por el hueco de la escalera y se cuela en mi cuarto. No me hace falta mirar el reloj para saber que son las doce, la hora bruja en la que escalera se llena de vida.

Nieves, mi vecina, debe estar a punto de llegar de su trabajo en un hipermercado del extrarradio. Estoy enamorado de ella desde que éramos niños, y aunque nunca se lo he dicho, sé que lo sabe desde el día que le robé un beso y la virginidad en el rellano. Se enciende la luz, enseguida se recortan en el descansillo las siluetas de Rufus y de su dueño; el perro jadea, el hombre se ahoga porque no se despega del cigarrillo ni un segundo. Juana abre la puerta antes de que él encuentre las llaves y le abronca sonoramente, como todas las noches, por mantener vivo ese odioso vicio. Aunque en el inmueble los hay peores: los del cuarto consumen-y venden- otras cosas. Creen que solo nos fijamos en sus corbatas y pañuelos de diseño, que con eso nos confunden. Como decía mi madre: ¡Tienen más vicio que una garrota! Se enciende de nuevo la luz, pero tampoco es Nieves. Es Concha-la mulata de tercero-, un espectacular derroche de carnalidad que ha trastornado a Berta-la vecina del primero- hasta tal punto, que su marido la ha abandonado. Mamá no podía entender que una mujer desease a otra, pero el morbo de la situación hacía brillar sus ojos oscuros. Nieves está tardando mucho hoy también. Se acerca el verano, ya vuelve a haber moscas y mosquitos; tengo que ver si mamá necesita algo para evitar que la piquen, que no quiero que pase lo del año pasado. Con ella no lo hice tan bien como con papá. De él sólo queda el maldito espíritu del ático, ese que está empeñado, inútilmente, en convencer a todos los inquilinos de que soy un asesino. No sabe el pobre que aquí los únicos que gozan de cierta credibilidad son los fantasmas vivos, y sólo hasta que se descubre que van de farol, que después ni eso. A mamá debí meterla también en cal en la bañera, y no dejarla en su cuarto para no sentirme solo; al fin y al cabo, tarde o temprano Nieves entrará en mi vida. Mientras, seguiré cruzando los dedos para que Vanessa esté subiendo hasta el quinto, toque mi timbre y sea yo quien pase la noche entre sus piernas, en el chiscón de su portería.


Texto: Paloma Hidalgo Díez

Narración: La Voz Silenciosa
Más Historias de portería aquí.