13 agosto, 2012

A la media noche...


Es medianoche, y como si de algo cronometrado se tratase, vuelve a sonar el timbre. Desde el pasillo pregunto quién es, pero una vez más el silencio es quien me responde. Abro la puerta y, aún sabiendo que no habrá nadie, sigo el ritual de mirar a un lado y al otro esperando algún día encontrarme con alguien, para saber que no me estoy volviendo loca. Recorro el pasillo y camino hacia el ascensor, pero no hay nadie. Esto se ha vuelto una rutina y ya empiezo a cansarme. 
Curiosamente, y mientras estoy en casa, puedo oír las discusiones de los del cuarto izquierda, la televisión del de abajo, y hasta el piano del que vive enfrente, pero al dar las doce y al abrir la puerta, solo escucho el silencio. Un silencio extraño, frío, desgarrador que me recorre el cuerpo y que me hace volver rápidamente sobre mis pasos. Comienzo a sentir miedo. Me quedo petrificada detrás de la puerta esperando a que suene nuevamente para así descubrir a mi visitante nocturno, pero es en vano porque no ocurre nada. Empiezo a alterarme porque la broma ya está yendo demasiado lejos, así que tomo la decisión de golpear a la puerta de mi vecino queriendo culparle a él de esta tomadura de pelo. Me planto en su puerta y llamo varias veces al timbre, pero nadie responde. Me siento una estúpida y decido volver a casa, pero algo me detiene. Siento una presencia detrás de mi. Me vuelvo y allí está él, un señor mayor al que no reconozco vestido de traje oscuro muy antiguo, con un bastón en su mano izquierda y una rosa roja en su mano derecha. Sonriente se dirige hacia mí, pero se apaga la luz y el pasillo se queda a oscuras. Me acerco al interruptor y prendo nuevamente la luz, pero estoy sola. Entro en casa tan rápido como puedo y cierro la puerta con llave. Me tiemblan las piernas, y siento como si el corazón quisiera escapar de mi pecho. ¿Quién es y por qué toca en mi puerta cada noche?A la mañana siguiente me cruzo con Pilar en la portería y le cuento lo sucedido. Me intenta tranquilizar, pero en sus palabras se deja entrever su nerviosismo. Piensa que trabajo demasiado y que todo es causado por el estrés, pero sé que no es así. Le pregunto por ese señor mayor y me afirma que no hay nadie de esas características en el edifico y, como queriendo zanjar el tema, me aconseja que no lo comente con nadie más y que lo olvide. Pero yo le vi, sé que estaba ahí y sé que volverá a visitarme, como cada noche cuando el reloj marque las doce.

Texto: Cande Montañez Marrero
Narración: La Voz Silenciosa
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