14 agosto, 2012

Claroscuros


En mi bloque se va la luz cada poco. Casi siempre de noche. Cuando ocurre salimos a la escalera, sorprendidos de nuevo, a quejarnos entre nosotros. Hablamos unos con otros, lamentándonos y criticando a la compañía que nos deja en tinieblas. Comentando sobre la incidencia parece que la espera se hace más llevadera. Siempre acabamos derivando en el resto de lo de vivir. Eso sí, conversamos a oscuras. Como mucho, tanteas con las manos a ver si tienes delante a Doña Lola o a Luisín. De esta forma, en realidad no sabes con quién discutes, y todos respondemos a todos según nos van interesando las diversas conversaciones. Y nunca aciertas a saber si te contestará el del cuarto o el de enfrente. Creándose así una cantidad de hilos dialogales que van y vienen del sexto al bajo que, si fueran reflectantes, harían que se viera perfectamente una maraña luminosa a la altura del tercero. 
Antes permanecíamos allí hasta que volvía la claridad. Pero desde hace un tiempo, no. Ahora, antes de su restablecimiento, cada uno, como si tuviera mucha prisa, acaba metiéndose pronto en su piso. O en el que cree, a oscuras, que es su piso. Luego, cuando retorna, si te pilla en casa extraña, pides disculpas, como todos, y te vas discretamente a continuar con la vida alumbrada que te ha tocado. Los fallos eléctricos vienen sucediéndose últimamente con más frecuencia de lo habitual. Y duran más. Continuamos culpando a la hidroeléctrica por costumbre cuando salimos, pero ahora son más cortas las tertulias. Lo fundamental, eso sí, es no hablar, jamás, de dónde sorprendió a cada cual la llegada de luz las veces anteriores y, mucho menos, de lo que ocurrió en su ausencia.

Texto: Miguelángel Flores
Narración: La Voz Silenciosa
Más Historias de portería aquí.