14 agosto, 2012

Anochecía despacio

Anochecía despacio.

Jaime siempre constataba lo mismo a mediados de agosto. Aunque el crepúsculo empezaba mucho antes, seguía siendo una ceremonia lenta, cadenciosa, como una oda al matiz. Incluso cuando estaba tan despejado que una nube era un recuerdo, los colores encontraban la manera de graduarse en decenas de tonalidades; a poco que se prestase algo de atención, cualquiera podría gozarlo. Pero durante aquella atardecida, las nubes, espoleadas por el capricho de ángeles aburridos, se extendían como filamentos de oro, cobre, nácar…; estelas de movimiento sinuoso, apenas perceptible, como respiración de pétalos. Apenas encontraba fuerzas, pero sonrió. Amasar con la mirada esa lentitud crepuscular era constatar que el verano aún gozaba de plenitud.

Durante menos de un minuto, estos pensamientos consiguieron que el dolor agudísimo del brazo pasara a un segundo plano. No era mucho, porque la punzada era intensa y ardía, pero fue suficiente para que en esos instantes se olvidara del último gesto en el adorado rostro de Ser. Pero ni siquiera aquel ocaso podría paliar más tiempo la imagen monstruosa de su cara, cuando apareció en casa, desencajado, blandiendo un papel en la mano izquierda y una navaja en la derecha, como quien ondea una condena y un cadalso irrefutables. Y el grito, ese grito que desgarró la tarde:

—¡¡¡Maldito cabrón…!!!

De inmediato, sin tiempo para que el último acento llegase al cerebro, sintió su poderoso cuerpo sobre él, no para fundirse con el suyo, sino dispuesto a ser verdugo infalible. En el mismo instante la cara de Philip, aún prendida en la piel, junto
al intenso aroma de su colonia, tan varonil. No quería entornar la mirada hacia la derecha. Allí estaba el cuerpo 'deshalitado' de Ser.
 
Tras el fallo del ataque —a pesar del profundo tajo en el brazo—, tuvo tiempo de revolverse y empujarle. Pretendía alejarle, defenderse, intentar explicarse, huir… cualquier cosa salvo morir. Sintió algo salvaje e imparable creciendo en su interior, junto al dolor intenso. Aprovechó que Ser se trastabillaba para patearle en el brazo y que la navaja cayese al suelo. Sentía calor de fuego y sangre, como lava de volcán, brotando en su brazo, pero aún disponía del otro brazo y de dos piernas. Otra nueva patada en los testículos inmovilizó al hombre que más quería en la tierra. Phil era un capricho, un capricho pasajero, un divertimento que pensaba compartir con Ser ¿No eran una pareja abierta? El filo de la navaja, teñido por su sangre aún tibia, atravesó el cuello de Ser. Sus dos sangres se mezclaron, como en un rito atávico.

Mientras aún sentía el barbotar de la sangre en su brazo, decidió auscultar con sus retinas el final líquido del ocaso. Amasar con la mirada esa lentitud crepuscular era constatar que el verano aún gozaba de plenitud, un momento especialmente hermoso para una lenta caída de telón, muy lenta.
Jaime aún empuñaba la navaja de Ser. Pensó que Phil no lo entendería; pero era joven, y gozaría de muchos atardeceres, tan lentos como aquél.
Texto: Amando Carabias