09 agosto, 2012

Nervios de acero

Cuando el cielo explotó en naranjas, rojos y violetas, bañando de atardecer la terraza de Julián, doña Hortensia, la viuda del quinto, bajó de su maceta. Atravesó el salón, miró de reojo a Julián, y mustia se metió directamente en la cocina: él no se alteró. 
Cuando los gemelos del primero-derecha empezaron a saltar como gatos siameses sobre su sofá de piel, tampoco se crispó. ¡Julián tenía los nervios de acero! Nada le sacaba de sus casillas, ni los continuos cabeceos de la inflorescencia sexagenaria quejándose de lo poco que había en la nevera para preparar una cena digna. 
Fernando, el representante de ruedas y baterías para coches, se sentó en el sillón, frente a los gemelos. Ese sillón que a Julián no terminaba de recordarle a don Paco, el maestro jubilado: su antiguo vecino de en frente. Fernando vivía en el piso de arriba, y hoy, como aquella noche de la explosión, había hablado por teléfono en el baño, donde casi siempre cerraba sus pedidos. Ahora tendría unos cuarenta y dos años: soltero, flaco y pelirrojo. Se parecía tétricamente a la ducha de mano que acababa de instalar Julián en casa.
Ya tenía los dos cojines gemelos, la flor mustia y la ducha nueva. Había tardado en encontrar a la portera. Pero ahora que la veía colgada en el salón, junto al televisor, estaba seguro de su gran parecido.
Julián dejó de parpadear frente a la reproducción de Munch… y llegó Cata: oprimiéndose la cabeza como si quisiera desenroscársela. La señora Catalina, con su cara deformada de portera gruñona, bajó del cuadro expresionista y miró desencajada a Julián, que estaba repanchigado en el sofá entre los gemelos: sus dos cojines siameses. En vida, la portera parecía menos humana que ahora. Julián recordaba cómo los viernes, en el patio, Catalina sembraba veneno

contra las ratas. Así, todos los fines de semana, bajo los tendederos, germinaba un peculiar cementerio de gatos, palomas y algún perro sin collar. Ahora se le acercaba bamboleándose, como una hoja de papel combada. Julián no sintió ningún espeluzno, solo la saludó y se levantó para indicarle el cuarto de baño y la cocina, antes de que la portera expresionista, con aquel grito dibujado en su rostro, pudiera decir “esta boca es mía”. 

Hacía tres meses y nueve días que Julián vivía en otro barrio, con otros vecinos. Los espiaba desde las pantallas de seguridad, bajo su uniforme de guardia jurado. Apenas salía a la calle. No lo necesitaba: tenía internet. Buscó “lámparas de pie”. Había guardado como “azafata del segundo-derecha” tres modelos que parecían llevar un gorrito en lugar de pantalla. 

Volvía a recuperar a sus malogrados vecinos. Una forma de distraer la mente hasta el siguiente atentado. Mañana mismo compraría esa lámpara tan parecida a su vecina del segundo. 
Cuando se lo ordenaran, frío, con sus nervios de acero, utilizaría este edificio o buscaría un autobús o un tren en hora punta… ¡Todo por la causa!

Texto: Amparo Martínez Alonso

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