03 septiembre, 2012

Alter ego


Siempre sintió que le faltaba algo, que una parte de ella se había perdido.
La presencia nebulosa de Candela le acompañaba desde que fuera consciente, cálida, tierna, una nostalgia tenue y familiar.
Se acostumbró a imaginar que la tenía a su lado, que compartía con ella los juegos que sus amigas compartían con sus hermanas, los secretos que jamás le contaría a su madre, los suspiros que removían su corazón.
Ella sola era opaca, su vida, anodina. Con Candela la soledad era menos, los días brillantes, las noches más cortas.
Con todo, el trajín de los días se impuso, las tareas y las obligaciones, también las ilusiones y alegrías. Candela se fue diluyendo, pasó a ese segundo plano donde habitan los recuerdos.
El tiempo transcurre sin pausa y el azar juega a favor de quienes tienen los ojos abiertos para cazar al vuelo sus dados, y Verónica ganó una nueva hermana, dos, tres, muchas. No de sangre, sino de alma. Hermanas llegadas de lejos, encontradas por las vueltas de la vida.
Nuevas amistades, nuevos compromisos, nuevas ideas.
Como un revulsivo, Candela reapareció, se hizo fuerte a través de los relatos que Verónica comenzó a hilvanar, en los que da carne a las mil fantasías y anhelos que antes guardaba para si.
Verónica jamás estará sola. Tiene a sus hermanas, tiene a Candela. Si la quieres encontrar, no tienes más que pedirle que te regale una historia.

Dedicado a Verónica y su alter ego, Candela S.
¡Felicidades!

Texto: Ana Joyanes