04 septiembre, 2012

El viajero imaginario


Yo nunca tuve una abuela poeta que guardara cartas de un amante secreto, atadas con cinta roja, en el compartimento oculto de un secreter francés de madera de cerezo.
La abuela que me tocó en suerte parió un bebé tras otro hasta nueve; cuentan que los cargaba a su espalda para amamantarlos mientras atendía el campo y los animales. Tenía el don de anteponer el silencio a las demás cosas de este mundo.
Tras el accidente y la muerte de mis padres, cuidó de mí. Con ella descubrí lo magia de lo silencios compartidos. 
Regresaba del campo al atardecer sonriente, con las mejillas enrojecidas y los cabellos revueltos cubiertos de flores silvestres; yo era entonces el niño más feliz del mundo. Conmigo colgado a su espalda, escalaba senderos que solo ella conocía; descansábamos bajo los árboles, bebíamos en los arroyos y merendábamos frutos silvestres. Habría recorrido el mundo entero colgado a la espalda de mi abuela.
Mi abuelo, sin embargo, era un viajero incansable enamorado del mar. Nunca tuvo una patria única a la que amar, ni un único sueño que perseguir; pensaba que todas las patrias eran su patria y todos los sueños eran su sueño. Él era un verso suelto. 
Yo también quise ser uno de esos poetas, viajeros impenitentes, ávidos de paisajes trascendentales con los que tejer poemas; pero aunque mis libros hablen de viajes y detallen paisajes, confieso que nunca me atreví a viajar; fue desde esta silla de ruedas que me convertí en viajero imaginario.

Texto: María Isabel Machín García
Narración: La voz silenciosa