20 septiembre, 2012

El legado


El abuelo no andaba muy bien de salud desde que se le rompió la cadera escaleras abajo tratando de ordenar los libros de los últimos estantes –y mira que le dijimos de veces que no se subiera solo–, de hecho casi no andaba, aunque se manejaba perfectamente entre sus quehaceres domésticos. Muy suyos, no le gustaba que le desorganizaran sus cosas, ni que se las organizaran tampoco. Las tantísimas cosas que había almacenado durante toda la vida: su música, sus películas, sus lecturas... Así mantenía su actividad mental en perfecto estado de conservación a sus noventa y cuatro ya cumplidos, y hasta lo de la cadera, también se dedicaba al cuerpo por las mañanas paseándose la avenida y haciendo un poco de gimnasia en los aparatos que había instalado el Ayuntamiento en la plaza.

Pues así andaba el abuelo últimamente, más bien poco, y la pérdida de autonomía acabó con él. Había sido un hombre apuesto, atlético, conquistador, aunque esto último solo lo ejerció con la abuela –faltaría más, buena era ella– y ya nunca quiso

volverlo a practicar después de que enviudó hace más de veinte años.

El pobre abuelo, tan independiente, tan buen conversador, ni las nuevas tecnologías se le habían resistido, hasta tenía un blog donde colgaba sus impresiones del envejecer, por qué, según él, había tanta gente mayor con la que no convenía relacionarse, a pesar de que la mayoría tenían menos edad que él: envejece el cuerpo, no se puede evitar, pero no la mente, eso depende de lo que se haga con ella, si no se la estimula, se atrofia y se muere, y luego también se muere el cuerpo.

En fin, que desde que la cadera rota no lo dejaba salir solo de casa, empezó a deteriorarse: que si un día con catarro, otro con diarreas, otro con molestias al orinar, hasta que anoche se desenchufó. Sí, se desconectó, es como si hubiera decidido irse sin más, como el que se va a hacer un recado. Su médico no le encontró explicación y como lo conocía bien, estuvo de acuerdo con nosotros en la teoría de la partida voluntaria.

Pero dejó todo arreglado, todas sus cosas amadas, porque valor valor tenían más bien poco, repartidas equitativamente entre sus hijos y nietos. Siempre pensé que yo era su nieta favorita, anoche lo pude corroborar, me dedicó sus últimas palabras en un susurro:

–Querida nieta, como sé que eres la que mejor lo va a apreciar, a ti te lego mis contraseñas de Amazon y de iTunes: abelardo1918, pero no se las digas a nadie, que como se enteren bloquean la cuenta. Esta es mi última voluntad –y se murió tranquilamente.

Pobre abuelo, jamás hubiera imaginado que tenía la discografía completa de Benavente junto a la de Miles Davis, también completa, ni a Nietzsche con Los viajes de Gulliver. Tan ordenado tampoco era.


Texto: Ángeles Jiménez
narración: La Voz Silenciosa