22 octubre, 2012

Ansia


La visita
de Félix Vallotton 
Sabía poco de ella, sólo las miradas que tejían cada tarde en el paseo de los álamos, donde volaban las hojas con un parpadeo de sus ojos de miel. Conoció de qué portal salía y por su mano enguantada tras el cristal, como un adiós o un saludo, intentó adivinar la cadencia de sus movimientos al desvestirse. Día tras día, esperaba para verla, joven señora apoyada grácilmente en un brazo que no era el suyo, aunque soñaba con que lo fuera. Y día tras día, los ojos de ella, osados, luminosos, lo miraban, mientras abría con exquisita finura los labios, en una sonrisa lánguida y lejana.
Apostado en el café de enfrente, supo, entre la urgencia que lo asolaba y el temor de lo desconocido, que la doncella salía un par de horas al mediodía. 
Y en uno de esos momentos la vio abrir el balcón. Con un movimiento sutil, tal vez una señal, una llamada, se tensó la cuerda que tocaba su corazón de amante enfebrecido.
Ansiaba verla, debía verla.
Cruzó el paseo. El portal estaba entornado. Voló sobre los escalones y encontró la puerta abierta. Sobre una silla, dejó el sombrero, apoyando el bastón en el respaldo. 
Un gemido tibio lo condujo hasta el salón.
Allí estaba, aguardándolo.

Cuando la doncella regresó, sólo encontró las hojas de los álamos revoloteando como mariposas plateadas.

Texto: Virginia González Dorta
Narración: La Voz Silenciosa