13 octubre, 2012

Lorena


Le aconsejaron que al enfrentarse al espejo viera en él una superficie lisa, sedosa, de color azul intenso como un mar sereno, que mirara hacia el horizonte donde dos mundos se difuminan pacíficamente, que viera emerger del agua delfines y gaviotas danzar en el cielo, que sintiera la espuma de las olas refrescarle la cara.

Y siempre cuando se iba a enfrentar al espejo, desde entonces, cerraba los ojos para recordar los consejos. Mas al abrirlos sólo veía tormentas que con sus truenos y relámpagos parecían resquebrajar el cielo, olas gigantescas que lanzaban tritones de dientes afilados y nereidas de uñas largas y lenguas viperinas, monstruos que parecían reírse de ella.

No lo superaba. Lloraba. Enloquecía. Huía. Dejaba pasar el tiempo y lo intentaba de nuevo, con el mismo final.

Hasta que un día con el peine de su mano golpeó repetidamente la superficie del espejo y lo rompió. El agua comenzó a salir con furia hacia afuera empujando su cuerpo frágil al suelo. Quedó hecho añicos, confundiéndose con los del cristal.

Texto: David Moreno Sanz

Narración: La Voz Silenciosa