07 diciembre, 2012

Dos viudas para un muerto


Mientras encendía el cigarrillo, Mario sonrió recordando que Carmen odiaba el olor de su tabaco de liar. Decía que apestaba a pajas y que liar cigarros no era elegante, sino propio de patanes y de hijos de porteras. Bueno, ahora que estaba muerto podía fumar tranquilamente.
El día que se murió, lo primero que hizo ella fue entrar en su despacho y vaciar los ceniceros. Al cadáver de Mario eso ya no le importó. Fue peor escuchar a su mujer llamarle "tonto del higo" y "calamidad", cubrirle de lamentos y reproches...
Tuvo que aguantar cinco horas a Carmen echándole en cara los años de matrimonio. Si hasta al pobre Delibes le resultó abrumador copiar su monólogo desordenado y repetitivo. Y después vino la vergüenza de que sus intimidades se airearan por todos los teatros de España. Porque los muertos, a pesar de estar muertos, también tienen vergüenza.
Sin embargo, Mario reconoce que se sintió halagado cuando Lola Herrera aceptó ser su viuda. Sólo por eso ya merecía la pena haberse muerto. La actriz bordó el papel. Se pasó tantos años hablándole que casi le hizo olvidar a Carmen.
Mario apaga el cigarrillo y se lamenta de que no hubiera sido también Lola su auténtica esposa.

Texto: Asun Gárate Iguarán

Narración: La Voz Silenciosa