19 diciembre, 2012

Reflexiones

Todavía uno siente esa sensación maravillosa de libertad cuando se sube a un tren o a un avión. Parece una contradicción, porque una vez instalados, ya no hay escapatoria. Sin embargo, cuando emprendemos un trayecto, no importa lo largo que sea, ni siquiera si es de ida o vuelta, en cuyo caso puede que solo cambien los sentimientos bien de alegría o de tristeza. Lo inevitable es dejar algo atrás y avanzar o volver hacia otro algo. Nos queda pues, a falta del movimiento incómodo de las piernas, ejercitar la mente. Ahora sí podemos profundizar en el pasado o en el porvenir. Realmente estamos atrapados en ese segmento de espacio y tiempo. Un viaje puede ser inspirador, dejando tan solo a la imaginación volar y que la musa le prenda a uno en el camino. Es una soledad compartida con muchos otros seres, igual de ocupados. Se puede pasar el rato en duermevela: la clarividencia máxima. Los hay que se afanan en trabajar con la oficina a cuestas. ¡Qué pena! Ahora ni se puede desconectar durante unas horas. Es su elección o tal vez una necesidad ¡Quién sabe! Si es de día y se dispone de ventanilla, lo mismo desde nueve mil metros, como a ras de tierra, tenemos alimento suficiente para todo ese tiempo. ¡Cuánto por contemplar! ¡Cuántos a los que evocar al paso de determinados sitios! ¡Cómo no recordar las historias vividas y soñar las por vivir! Nos movemos a lomos de un artefacto móvil y somos nosotros mismos, sin máscaras, a solas. Sería feliz en el Transiberiano.
Texto: Isolda Wagner