31 enero, 2013

El ascensor

Pulsé mi piso, el quinto. En el cuarto, el ascensor desembocó en el jardín. Allí se dio unas cuantas vueltas, y dando marcha atrás llegamos a una de las puertas del hotel.

Andando por el inmenso jardín, vimos cadáveres de mujeres por todas partes.

Unos hombres de aspecto desarrapado, con grandes cuchillos en las manos nos perseguían. Amenazantes. Se reían de una manera siniestra. Comprendimos que la masacre se debía a ellos. Corrimos sin parar, pero nos daban alcance.

El que corría a mi derecha cayó con la cabeza separada del tronco.

Me apresaron. Así firmemente una mano. Tiré con fuerza. Estaba llegando al hotel.

Aunque noté que ya no “tiraba” de él, seguía sujetando su mano. Miré, y aterrorizada comprobé que era una mano de silicona. Él se había escapado.

El tacto de aquella mano era casi humano, subía por mi pecho hasta mi garganta apretando con fuerza…

Había que luchar, no podía dejarme vencer…

¡Qué negra oscuridad!

Texto: María Fuencisla López López