17 febrero, 2013

He visto su rostro


Aferrado a la tierra, ofreces, de par en par abierta, la ventana de un vientre vivo de vida que inunda de brisas mediterráneas los pulmones del alma. Oigo pasos tras de mí, me giro y enmudezco emocionado al contemplar el rostro de una muchacha de bucles morenos, vestida de blanco. Camina hacia tu mirador de azules infinitos, nacido para esperarla. Ella apoyará sus brazos sobre el alféizar y su imagen real será gemela de la que me cautivó cuando, siendo un niño, la vi de espaldas, asomada a otra ventana, en un libro de mi abuelo. Sintiéndola ya próxima, el mar exhala un suspiro que mece las alas de tus geografías de papel, y, jugando a descubrir latitudes, desde tu copa descienden hojas con la parsimonia de los viejos relojes blandos (¿te acuerdas?), hermanos tuyos, y también encantados, como tú, árbol, y como ella, por la magia de aquel Genio.

Texto: Víctor José Menargues Ramón