17 marzo, 2013

The Stylus o el sueño de Poe


En un contexto de estricta moral artística, fruto de la mentalidad de una población puritana, se alzó como contrapunto un genio decidido a desbordar los límites de un imaginación que no entendía de cánones éticos, y a poner de manifiesto, en calidad de crítico y sin escrúpulos, las carencias de algunos de sus coetáneos. Pocos, pese a la desaprobación general, cuestionaban en el fondo la agudeza crítica del bostoniano, denostado incluso tras su muerte; pero cuyo trabajo era seguido en todo el país, como así explican los ríos de tinta que vertían otras publicaciones en desacreditar su labor.
Sin bien Longfellow y otros salieron muy mal parados, el tan agudo como afilado ojo de Poe supo descubrir la m Dickens, anticipando el éxito de su carrera literaria.
La Norteamérica de entonces no estaba preparada para una mente dispuesta a delatar “las elaboradas y vacilantes crudezas del pensamiento” de W. Irving o J. Russell Lowell, que la crítica gustaba calificar de “espléndido frenesí”, motivo que le valió la censura de sus editores en más de una ocasión.
De esta censura, a la que se verá sometido en vida, nacerá el deseo de crear una revista independiente y libre de prejuicios morales, puritanistas y editoriales. Así, en junio de 1840, y tras haber cosechado cierto éxito en gentleman’s Magazine, realizó un primer intento de sacar adelante The Penn Magazine. En ella, “Poe prometía una dura campaña ante todo contra las reseñas mercenarias e indignantes”, como apunta el biógrafo Walter Lennig. Pero tan noble desideratum era irrealizable sin un capital fijo, sólo con las suscripciones como única fuente de ingresos.

Este sería el primer fracaso; pero no el último, ni mucho menos el más hiriente. Dejaría su

huella en Graham’s Magazine con inconmensurables relatos como Los crímenes de la calle Morgue o El pozo y el péndulo, lo que no le libraría de ser penosamente sustituido por Rufus W. Griswold.
Tres años más tarde, los diarios anunciarían la inminente aparición de The Stylus, revista con el espíritu de la frustrada The Penn Magazine, pero en la que ahora Poe contaba con el editor C. Clark. Quizá el entusiasmo de la empresa le hizo bajar la guardia con la bebida, lo que le incapacitó para consumar los acuerdos tan necesarios para la puesta en marcha de la publicación. Aunque este episodio se achacaría durante décadas a la “viciosa” personalidad del escritor, las razones de esta súbita recaída obedecen en rigor a la galopante tuberculosis que marchitaba a la señora Poe (virginia) y no a la incontinencia.
Recibiría el reconocimiento nacional con El cuervo, poema que le reportaría mucha fama pero escasos beneficios. Ya en sus últimos años, cuando los ataques nerviosos y delirios eran ya parte de la rutina del autor, le fue propuesta la creación de una revista, a la cual trasladaría nuevamente los valores de las nonatas Penn y Stylus. No fracasaría aquí, sin embargo, pues la muerte le libraría de una nueva derrota el 9 de octubre de 1849.
“Deseo que esta obra sea juzgada después de mi muerte sólo como un poema”, diría en una ocasión el escritor maldito, cuyo ‘fracaso’ en vida no debe atribuirse tanto a su enfermedad o al alcoholismo como a la actitud de sus coetáneos, la mayoría de los cuales denostó y humilló públicamente durante dos generaciones al mejor escritor de América, como así lo sostenían Baudelaire, Conan Doyle o Cortázar.

Crítica: M. Gotcha P.