16 mayo, 2013

Noche de luna. Capítulo IV


Sin proponérselo, mientras apartaba las sábanas que aún cubrían sus piernas y se levantaba de la cama, comenzó a tararear una canción, una sin letra, sin apenas melodía, casi un gemido.

Un susurro primero, después un sonido poco audible que fue incrementando el volumen paulatinamente mientras se dejaba limpiar por el agua de la ducha, mientras se secaba a restregones con la toalla, mientras rebuscaba en el armario el vestido rojo que casaba con sus sentimientos.

Se vistió con parsimonia, las lágrimas resbalando sin freno, la canción que ya tomaba forma en sus labios tensos. Ajustó el corpiño, abrochó cada botón con la conciencia de estar vistiéndose para la guerra, alisó la falda, cerró los puños de las mangas, se calzó las
bailarinas plateadas. Comenzó a bajar las escaleras.

La letanía de las voces de las mujeres orando en torno al féretro de su madre le recordó al zumbido extremo de las abejas cuando la alertaban peligrosamente de su proximidad a las colmenas. Apretó con fuerza la medalla en su puño y, con la esbeltez que la caracterizaba, avanzó a paso ligero por la habitación-velatorio hasta finalizar ya plegada en un llanto sobre el pecho de su madre muerta. Delicadamente se enderezó y comenzó a cantar, rompía el silencio provocado por aquellas que, sin tiempo aún de reaccionar, la miraban con las bocas abiertas y los rosarios prendidos de sus manos que, en algunas, llegó a resbalar sobre las faldas negras hasta caer en el suelo. Con su voz potente y cristalina, proyectada desde el alma herida, Viviana entonó la canción:

¿adónde van las palabras que no se quedaron?
¿adónde van las miradas que un día partieron?
¿acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón?
¿o se acurrucan, entre las rendijas, buscando calor?
¿acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿acaso…

Porque el abuelo había salido a tratar con papeles, se libró de sufrir el extravagante espectáculo. Viviana, a los pies del féretro, cantaba con los ojos cerrados y, aparentemente ajena, esperaba a que tarde o temprano alguien la apartara.

Dos sombras ganchudas la elevaron y la sacaron en volandas, mientras seguía cantando y agitando sus pies calzados de plata bajo el traje rojo.

…acaso se van?
¿y adónde van?
¿adónde van?
¿en qué estarán convertidos mis viejos zapatos?
¿adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?
¿por dónde están las angustias, que desde tus ojos…