18 mayo, 2013

Noche de luna. Capítulo V


Si algo le sobraba era tiempo. Apenas nada más que hacer que rumiar el asco.

Desde que la internaran en la habitación, decididos a hacer de ella alguien de quien no debieran avergonzarse ante sus vecinos, su único objetivo fue salir de allí y alejarse de ellos.

Los intentos de su familia por reducir su rebeldía eran inútiles. Cualquier argumento que pudieran esgrimir resonaba hueco en su corazón, nada la unía a los suyos.

Mientras la casa permanecía en un silencio luctuoso, afuera, en la calle, los sonidos de la vida reactivaban su rabia.

Nadie parecía acordarse de ella. Solo Feliciano, que rondaba la acera día tras día, pendiente de los movimientos que adivinaba a través de las persianas bajadas. Empatando casi sin

pausa colilla con cigarro, Feliciano se paraba frente a la casa, apoyado sobre una pierna, la otra flexionada, como sujetando el muro, pensando en Viviana vestida de rojo, volviendo de la playa chorreando, parándose para acariciar algún perrillo, Viviana con su faldita de tablas ondulando al correr, desperezándose por las mañanas ante la ventana, Viviana vestida de rojo en medio del funeral de su madre.

Lo que en un principio solo contribuía a desesperarla, pronto significó una oportunidad.

Esperó el momento de la siesta, cuando la calle se encontraría desierta durante un par de horas, asolada por el sopor y la costumbre. Días antes se había dejado notar, dejando caer pequeñas prendas a través de una rendija, que eran puntualmente recogidas y atesoradas por Feliciano. ¡Era tan previsible!

Al cabo de unos días, el hombre esperaba ansioso que llegara la hora para plantarse bajo la ventana y esperar la llegada, como un milagro, de lo que Viviana quisiera entregarle.

Esa tarde solo cayó un trozo de papel, irregular, arrancado de la pared, garrapateado por detrás: “Ven por mí esta noche. Nos bañaremos bajo la luna, en la caleta”.

No hizo falta nada más. Cuando oscureció y el pueblo se fue a dormir, Feliciano apareció bajo la ventana de Viviana. Paseó, nervioso, arriba y abajo, con el corazón encogido por pensar que la chica seguramente se estaba burlando de él, con los bajos revueltos, solo de imaginar que aspiraría su olor, si de verdad se decidía a aparecer.

La persiana chirrió al subir lo suficiente como para dejar que Viviana asomara el cuerpo.

—¡Aquí! —chistó— ¡Ayúdame a bajar!

El hombre la miró, sorprendido y excitado. ¡Estaba ahí, y lo estaba llamando!

Viviana insistió, la voz ronca de susurro, el torso abocado, las manos tendidas hacia Feliciano. Tenía que hacerlo. Una oportunidad así no se le presenta a un hombre como él más que una vez en la vida.

—¡Salta desde la ventana hasta el porche y descuélgate por él, que te sujeto por los pies! ¡No tengas miedo, que no está muy alto y yo te agarro!

Desde el alféizar, Viviana calculó el salto que habría desde el porche y se dejó caer.