14 junio, 2013

Inmenso dolor


La noche más oscura había cubierto de silencio sus palabras aun cuando todavía no se habían percatado de que esa oscuridad que había tomado al asalto sus vidas, tardaría mucho en desaparecer.
    Esa terrible certeza que se había abatido sobre la pareja, había llegado sin aviso previo, como suelen acercarse siempre las malas noticias.
    Cuando se encontraban, como todos los años, solazándose en la playa, un sobrecogedor silencio, evidencia de un presagio, lo invadió todo.
    Los niños que jugaban unos metros más allá con la arena, construyendo murallas de castillos imaginarios, abandonaron sus juegos, para dirigir sus miradas hacia donde señalaba un hombre achicharrado por el sol.
   Este  gritaba de forma desgarradora, alertando de algún peligro, mientras señalaba estirando su mano todo lo lejos que podía, hacia el mar desde donde asomaba la aleta de un  tiburón.
   Allí, muy cerca y, completamente ajenos al peligro, chapoteaban alegremente varios bañistas, entre ellos su hijo Diego, de ocho años.
  Y así, sin que pudieran hacer nada para evitarlo, las fauces del tiburón atraparon con un ataque certero a su pequeño,  que desapareció en apenas unos instantes bajo las aguas teñidas de rojo.
   En aquel momento se vino abajo el mundo para la pareja. Y la oscuridad lo cubrió todo, en una negrura, que nunca más abandonaría sus vidas.

Texto: Gloria Arcos Lado