15 junio, 2013

Oh, Chita


mono, manos cabeza, simio

—¿Entiendes cuando hablo? —le pregunta Jane.

Tarzán no le contesta, su mirada inquieta va de un lado a otro acechando cualquier movimiento que pudiera alentar las hojas de los árboles. Más allá del claro donde acampa el grupo de expedicionarios, la selva se pierde en sombras tupidas de follaje y sonidos estridentes. De momento nada le clama. Chita los observa, está camuflada… Tarzán sabe que está, pero los demás no. Un mínimo gesto de alarma y Chita danzará veloz sobre la arboleda dando aviso al resto de los suyos para emprender la gran huída, la gran estampida. Y es que la presencia del hombre blanco acompañado de lugareños cargados de bultos no supone ninguna alegría, al contrario, nerviosismo, el inequívoco nerviosismo previo a un mal augurio.

Jane insiste:
—¿Recuerdas tu nombre, recuerdas cómo te llamaban tus padres de niño? Mi nombre es Jane, me
llamo Jane –le apremia mientras lleva una mano hacia sí misma y asiente graciosamente con la cabeza.

Tarzán posa por fin su atención en ella. Es una mujer muy bella, sus ojos son grandes y despiertos. El calor del mediodía la tiene abrumada, sudorosa, sus mejillas encendidas destacan sobre una piel blanca, sus rizos rubios se dibujan pegados a la frente y al cuello. Un extraño ropaje cubre su cuerpo por entero. Se pregunta cómo habrá podido desenvolverse entre zarzas y espinos, y si…, alguna vez, se mostraría libre de todo ello. La presiente larga y voluptuosa.

Jane no puede evitar ruborizarse ante la mirada azul y profunda del hombre, parece como si fuera él quien la estudiara con rigor y leyera sus pensamientos. La fisionomía del salvaje es, indiscutiblemente, occidental. Al padre y a la hija, ambos antropólogos, no les cabe la menor duda de que Tarzán, ahora adulto, pudiera tratarse de un niño que años atrás sobrevivió a la muerte de sus padres en aquella selva impenetrable. Tal vez, menospreciando a la suerte, estuviesen frente al mismísimo Lord Greystoke heredero de una inmensa fortuna en Londres.

Jane supone que Tarzán debe estar asustado, que quizá borró los recuerdos civilizados de su niñez. Encontrarlo ha sido, pues, todo un hallazgo, un caso extraordinario al que debe entregarse con tacto y objetividad. Observa en su cuerpo desnudo una extrema delgadez, aunque no está exento de fuerza ni parece sufrir ninguna malformación: se posiciona firme y se mueve ágil.

El guía de la expedición, un inglés terco de cejo fruncido, espía la situación a cierta distancia. Está tramando cómo apresar al salvaje, al Rey de los Monos, − a Tarzán−, como así lo llaman los porteadores, y venderlo después al mejor postor.

El padre de Jane, el profesor Porter antiguo amigo de la familia Greystoke, prueba a comunicarse de otra manera con Tarzán exagerando sus gestos, le ofrece incluso unos pantalones con los que pueda cubrir las intimidades expuestas a los ojos de su hija. Los porteadores de la expedición caen en la cuenta y ríen hasta doblarse enseñando una generosa dentadura en unas encías púrpura.
Uno de los guardianes ingleses apunta con su arma a Chita y dispara: ¡Pam! Cae fulminante. Tarzán acude a su auxilio. Está muerta. Entonces emite un grito desgarrador, sobrehumano, que hace temblar los corazones y los bosques. De un salto trepa a un árbol de gran altura y con la misma destreza que hiciera un mono sujeto a una liana, comienza a balancearse en un vaivén desapareciendo y apareciendo. Una de las veces, de imprevisto y frente a las miradas atónitas de la expedición, apresa a Jane y se la lleva consigo sin dejar rastro, como tragados por un mar forestal estridente y sin fin.
Texto: Dácil Martín