19 agosto, 2013

La pausa


Obra: "El Sueño de Gauguin"
de 
José Luis Zorrilla Campos

Limpié los restos de salsa que me manchaban la boca y devoré las migas de pan que quedaban sobre el mantel. Después de comprobar que mi prole continuaba enfrascada en una guerra interminable por la posesión del control remoto del televisor, supe que cuando se está harto, hay que hacer una pausa. Caminé hacia la puerta de casa y huí a la calle intentando dejar atrás el sainete familiar. Me senté en el cordón de la vereda, encendí el último cigarrillo que conservaba y lancé una mirada al cielo. Inclinado sobre mis piernas descubrí que ya era tiempo de cambiar las suelas de mis zapatos, pues el hilo de la costura del botín derecho amenazaba con rasgarse en el momento menos oportuno.
El constante ir y venir de la gente no fue suficiente obstáculo como para no verla. Se acercó tambaleándose sobre unas sandalias rojas, que por su calamitoso estado, competían con el desaliño de mi propio calzado. De inmediato reconocí su impronta caribeña: generosas curvas, abundante cabellera y aquella piel morena tan distintiva. Se sentó a mi lado y dibujó una enorme sonrisa. Impresionado por la ampulosa expresión, no supe anticipar su gesto que me sorprendió con la guardia baja. Sin mediar palabra alguna, apoyó la mano sobre el cierre de mi pantalón y sus dedos expertos empezaron a acariciarme y a colarse dentro de la bragueta. Confieso que no soy del tipo que se enciende rápido y quizás por esa razón su exclamación me causó mucha gracia:
-¡Estás muerto, chico!
Fastidiada porque sus palabras no hirieron mi masculinidad, se levantó a los tumbos y partió insultando a Dios y a la Virgen Santísima. Al soltar una carcajada, que resonó a lo largo de toda la cuadra, provoqué la intriga de mi mujer que asomándose al balcón cuestionó a viva voz:
-¿Qué estás haciendo ahí afuera? ¡Te vas a resfriar!
La miré magnánimo, intenté aventurar una reflexión, pero capitulé y me fui a dormir.


Texto: Bee Borjas
Narración: La Voz Silenciosa