21 agosto, 2013

Sonrisa de desierto


Abrió el mail extrañada. De él no lo esperaba, y menos tras la fuerte discusión, que fue más bien batalla sin descanso. Casi no daba crédito al mensaje:

Imagínate, amiga, una acera construida con las huellas de nuestro caminar acompasado y cosidas a la piel de este planeta con cemento de labios y humedales.
Imagínate, amiga, un jardín cuyas plantas hayan sido en otra hora caricias derramadas como granos de luz, incienso y luna para evitar la soledad y el miedo.
Imagínate, amiga, que en la fuente no cante el agua, sino una mirada lenta, interminable que derrumbe la sed, no de las bocas, sino de las retinas pedregosas.
¿Ya imaginas, amiga, qué te digo, cuando afirmo vivir en un desierto sin rumbo y sin cobijo?
Y si no te imaginas te lo explico: Un camino en mitad de los desiertos, sin sombras, sin refugios y sin fuente para mirar al mundo através de tu cintura, con retinas de carne y no de piedra.

Conservaba la llave de su casa como quien guarda un sueño. Salió a todo correr. No cruzó la ciudad, voló sobre ella. Intuyó que quizá aún no era tarde. Su mail sólo tenía una respuesta: abrazarse a su pecho hasta fundirse en él, como un animalillo que encuentra su refugio. 
No dejó de increparse en el trayecto por no haber descubierto aquellas cosas, a pesar de los años transcurridos.

Pero al abrir la puerta, sólo encontró sus ojos como piedras, y una sonrisa extraña, de desierto.

Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz Silenciosa