26 septiembre, 2013

Cuento de otoño



Abierta convocatoria literaria
“¿Vacaciones?, si yo te contara..."



Llegó a su pueblo con la caída de las primeras hojas, como un presagio.
A través de los sentidos, absorbió con avidez los olores del otoño, de los humos casi perfumados de alguna quema de rastrojos. Evocó siluetas de calles y casas, y a pesar de estar todo cambiado, las sobrepuso a las grabadas en la memoria, como un calco, e intentó traer el pasado.
El suave murmullo del viento arrastrando la hojarasca, le hizo cerrar los ojos. Los recuerdos acudieron en tropel; el olor a pan recién hecho, las nevadas del invierno, los juegos en el arroyo…
Abrió los ojos y se acercó al río.
El otrora lecho de musgo y piedras, había dado paso a un insulso canal hormigonado. El estéril cemento, dictaba la dirección de las aguas, ahogándolas sin ruido, sin esperanza.
Al fondo, un débil hilillo corría prisionero y a desgana vertiente abajo. Se diría cansado, moribundo, deseoso de encontrar un hueco en el que expandirse en remanso, y dar cobijo a ranas y verdor… como antaño.
Una solitaria libélula azul volaba aquí y allá, sin saber muy bien qué buscaba. Como él mismo.
Las calles eran otras. Ni rastro del antiguo empedrado, cubierto ahora por

una capa de gris asfalto, como en todas partes.
Las viejas lámparas colgantes, con su tenue luz amarilla, aquellas que daban vida a las sombras con su continuo balanceo, también eran otras, ahora inanimadas y estáticas, como en todas partes.
La arboleda, a un lado, era otra. En su lugar, unas decenas de pareados se erguían vencedores, sobresaliendo orgullosos sobre unos pocos árboles supervivientes… como en todas partes.
Le vino la imagen de su casa. La vieja mole de piedra y hiedra, testigo mudo de tantas generaciones… pero no la encontró.
Un pequeño edificio de viviendas, de ladrillos rojos y monótonos, ocupaba su lugar. Unas pocas macetas suplían la hiedra.
Quedó parado frente a la casa, con la creciente impresión de que nada de aquello tenía ya que ver con él.
Pensó en lo que tenía… sus hijos, sus amigos, su trabajo. Todo le pareció más suyo que nunca. Y se puso a enterrar enmohecidos sentimientos evocados... y a los muertos.
Sintiéndose más indiferente, se dijo que si partía ahora, aún llegaría a casa a la hora de la cena.

Volviendo sobre sus pasos, fue en busca del coche, y con una última mirada… dejó todo donde estaba.


Texto: Alfil
Narración: La Voz Silenciosa