30 septiembre, 2013

Neighbours




Introducir la cuchara en la olla y olfatear el aroma del dulce es una experiencia mística, y cual ceremonia gentil, me atrapa todos los días de la semana. Sonrío, me acerco al ventanal y observo a mis vecinos con suma atención. Ellos ignoran mi existencia y además forman parte de una rutina que desconocen absolutamente: los tres compartimos decenas de noches en vela. En mi caso padeciendo de un insomnio crónico, el anciano transcurriendo su vida tras el cristal de la ventana y el otro, un hombre de mediana edad y que vive en diagonal a mi casa, deambulando durante las madrugadas como si fuera un febril cazador al acecho de alguna presa que se obstina en escapar por los laberintos de su mente.

“Es novelista”, susurró una vecina del barrio. En ese momento comprendí el afán con el que a menudo aporrea las teclas del ordenador después de adueñarse de la idea, ese boceto intrigante que no lo deja descansar en paz.

Me paro en puntas de pie y estiro el brazo intentando alcanzar el último estante de la alacena. Encuentro los frascos, les quito el polvillo con un papel suave para no rayarlos y los acomodo sobre la mesada. En ese momento, el viejo abandona su puesto de centinela y atiende el teléfono. Mientras la mermelada se termina de entibiar, el hombre regresa con una taza de café y se reintegra a su destino de eterno vigía. La noche cae sobre la ciudad. El escritor sigue haciendo su trabajo. Yo, el mío.

Texto: Bee Borjas

Narración: la Voz Silenciosa