02 septiembre, 2013

Organización Clandestina LTQL



A las trece y trece del día trece, como cada mes, alguien le informó en el lugar habitual. Tras nombrar una calle, dijo,‘quince con cero cuatro’. Resopló, mas no había otro remedio, si lo quería. En el número quince de tal calle a las cuatro de la madrugada. Para no levantar sospechas, el plan parecía infalible de tan simple: alguien pasa junto a otro y, sin detenerse, dice un nombre y un número con dos decimales. Ni una repetición ni una parada, como un vuelo veloz de golondrina. Pero la pasma siempre detenía a alguien. ¿Inexplicable? ¿Soplones…?
Noche nubosa, luna nueva: para la policía será imposible seguir sus movimientos y encontrar el portal donde espera el alijo, aquella mercancía perseguida por las fuerzas del orden que, sin piedad, diezman a los consumidores.
Lleva una bolsa de deporte, donde podrá guardar sus dosis mínimas cotidianas. Ya en el número quince, el corazón se acelera. Aunque este traqueteo anímico no sólo es por alcanzar lo que ansía. Tiene miedo. Ha escuchado pisadas a su espalada. Y más que su siseo sobre el suelo, le asusta su sigilo, el esfuerzo por pasar inadvertido de quien camina tras él…
—¡Policía! ¡Las manos contra la pared!
Algún día debía sucederle. Un intercambio al mes es excesivo. Ante la sorprendida mirada del agente, quien cumple con la estricta orden de eliminar a cada integrante del grupo, para evitar contagios al resto de ciudadanos, centenares de libros de poesía, razón de la existencia y de las peligrosas actividades de la organización clandestina, Libre te quiero libre.

Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz Silenciosa