02 octubre, 2013

A la misma hora, en el lugar de siempre


En la acera de una carretera secundaria, un par de planchas de metal ondulado y unos pocos palos simulan un parral. Cinco sillas viejas y una mesa que conoció tiempos mejores se convierten, cada tarde, en un acogedor salón de juegos. Allí se disputan animadas partidas de dominó y del ya casi olvidado, Tute. 


Manolo y José, con sus sombreros negros amorosados por el uso y un palillo en la boca, conversan pausadamente a la espera de que lleguen Isidoro y Bartolo, el equipo contrario. A ellos les toca hoy traer el vino.

Vienen caminando muy despacito y al llegar, Bartolo deja su andador aparcado junto al bastón de Manolo. Todos pasan ya de los setenta pero en el campo, la jubilación llega con retraso o no llega.

Habían tenido una mañana agitada desgranando millo y podando viñas, ahora toca descansar. 


—¿Y el vino? —pregunta Manolo.


—Ya lo trae la Juana, que viene con un plato de la asadura que tanto elogiaba Tomás —contesta Isidoro.


Tras un breve silencio, para hacer tiempo y huir de la melancolía, deciden empezar por una partida de Tute. Manuel saca la lata de leche condensada que ahora contiene los millos y José baraja las cartas. Tocándose la lengua con el pulgar empieza a repartir; la última vira en oros. Cada uno tiene un abanico de amarillentas cartas con pátina en la mano.

Los dedos gruesos y las uñas duras, cementadas por restos de tierra revelan, su ocupación. José se remueve inquieto en la silla y mira socarrón a Manolo. Con un gesto imperceptible, como un lenguaje secreto, se toca la ceja. Los rostros, esculpidos por el cincel de los elementos, se miran de reojo, con desconfianza. 


Justo cuando José canta las cuarenta, intentando levantarse de la silla y tirando las cartas sobre la mesa, llega Juana. El plato de asadura pudo terminar en el suelo ante el ímpetu de la victoria.

—Arráyate un millo —grita Bartolo—, mira que llegas a ser gimpursio, un poco más y a la Juana le da un desvaí y la tenemos que llevar pal hospital.

—No te preocupes, Bartolo, que ella ya está acostumbrada a mis aspientos —le dice José, con el cigarrillo amarillento colgando sin vida de sus labios.


Terminada la primera partida, con la victoria del equipo de Manuel y José, se disponen a dar buena cuenta de las viandas y del vino del Lomo. Los últimos restos de la picona salsa los rebaña Bartolo, que está desesperado por empezar la revancha.


Juana está sentada en un banco de madera relambiándose un chupete de fresa con forma de muñequito para echar las horas y olvidar ausencias. Era el mismo chupete que su padre, vestido de blanco y con un carrito del mismo color, vendía recorriendo las calles de Santa Cruz diciendo a modo de cantinela: “Mira Pepito”, “Mira Juanito”.

Junto al banco, un vaso de plástico repleto de palitos delata la dulce afición que ha ido mitigando su amargura.
La puesta de sol, que cada día reaviva la mirada de esos ojos cansados, actúa como una sirena silenciosa que marca el fin de la jornada. La humedad no es buena compañera para los castigados huesos y, según opina Manuel, onsida las visaigras.

Tras darse las buenas noches, como manda la educación, en lenta procesión desandan el camino que cada tarde, año tras año, ha ido moldeando las suelas de sus zapatos. 


Mañana será otro día, el vino lo llevará José y, a la misma hora, en el lugar de siempre, mi silla permanecerá vacía.

Texto: Concepción de León