15 octubre, 2013

Escala de valores


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convocatoria.
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Acaricia el balcón como si fuera blando y se deformara bajo sus dedos…, igual que cuelga los adornos de navidad o mece su colgante azul. Mientras, erguido en el sillón, su prometido espera... Alejandra corre los visillos tres veces: ¡La señal convenida! Y se acerca a oler el ramo de claveles que Alfonso le regaló esta la mañana.
La floristería es el puesto más pequeño, pero el mejor situado. Lo primero que ven los fieles de San Justo, tras acomodar sus ojos a la luz del día, son las flores de Alfonso.
Alejandra y su tía Leonor se acercan a diario al puesto del chico sonriente.
―¡Alfonso! Se llama Alfonso, tía.
―¡Qué más da su nombre, niña!… Lo que cuenta es que nos atiende con una sonrisa… Es el joven más agradable de todo el mercado. Será un buen partido para cualquier modistilla… ¿No te parece, hijita?
Hoy, Alejandra ha ido a misa sola. Su tía está demasiado ocupada preparando el viaje a los baños, como cada verano. Sin terminar de santiguarse, atraviesa la puerta ojival de San Justo y acelera el paso hacia el mercado:
―Buenos días… Alfonso.
―…Señorita Alejandra, qué alegría verla… Y su… ¿Viene sola?


―He pensado mucho en… lo que decía tu nota…
―Alejandra, querida A-LE-JAN-DRA… ―vocaliza muy bajito―. Desearía gritar tu nombre a los cuatro vientos ―y su voz se vuelve un susurro, un arrumaco.
Los dos jóvenes disimulan hablando de flores, buscando monedas, mirando a su alrededor o al suelo… Si alguna vez coinciden sus miradas, entonces callan embobados.
Alfonso le ofrece un ramo de cinco claveles blancos y siete rojos, con los tallos bien apretados, custodiando la última nota.
Ahora, Alejandra aspira el recuerdo de Alfonso. Coloca los claveles blancos hacia el centro del jarrón, en un gran abrazo rojo. Perezosa se acerca a su prometido. Debe sentarse a su lado y permitir que le coja la mano… Mañana, no. Mañana, ella y Alfonso pasarán su primer día de vacaciones… ¡Su primer día de casados!
―Sandra, me meto al agua, tú haz lo que quieras.
―¡Vale!... Yo no tengo calor.
―No entiendo para qué has venido a navegar… ¡Estarías más cómoda en la biblioteca!
Sandra limpia las gotas saladas de su ebook… Mira mosqueada cómo Adrián, después de salpicarle, se aleja nadando. Su novio lleva razón: debería estar en la biblioteca de la universidad... Tendría que haber dicho “sí” al becario... y “no” a sus padres… o abandonar el bufete de su familia… y vivir sola… Podría comprar una mochila (¿habría mochilas de su marca favorita?) y escaparse con él a… ese país.
―¡Sandra! ¿Vienes o no?
Seguro que en aquel país tercermundista todo son incomodidades… Sandra mira a su novio. No está tan mal… Apaga el ebook. Sonríe a Adrián. ¡Cuando quiera romanticismo, leerá otra novela!... ¡Pobre Alejandra!
Lentamente, como si las escalerías pudieran deformarse bajo su peso, Sandra desciende del yate… y se deja mecer por el mar azul.

Texto: Amparo Martínez Alonso

Narración: La Voz Silenciosa