09 octubre, 2013

Inesperada utilidad de una jeringa


Texto participante
en convocatoria.
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Pues lo que le decía, jefe: las armas americanas, tan llenas de tecnología, lucecitas y chuminadas, no sirven en La Zona. En cambio las rusas… ¡ah, las rusas! Toscas, sí, ¡pero lo aguantan todo!
Lo americano no está hecho para sufrir.
No habían pasado ni tres días cuando, recorriendo una nave ruinosa, tropecé con unos escombros y acabé de bruces en el suelo… sobre el rifle. Siniestro total, oiga. Por supuesto no había cerca ninguna tienda de reparaciones. Resultado: de disfrutar de una excitante semana de vacaciones como cazador –rifle de precisión incluido– a sufrir el rol de presa, armado sólo con mi cuchillo. Debía sobrevivir así cuatro días. Qué diferencia de sensaciones: acechar y eliminar presas frente a escabullirse cual conejo, de madriguera en madriguera.
¿Sabía que los condenados zetas poseen un sentido del olfato increíble? Ya le dije que soy diabético: tres veces al día debo hacerme controles e inyectarme insulina. Pues bien, la insulina les vuelve locos; acuden a ella en manada. Lo noté al primer día: mientras me

pinchaba uno de ellos gateó dentro de mi escondite. En un error de novato había dejado mis armas lejos. Sólo tenía a mano la jeringuilla y el vial de insulina rápida. Sin pensarlo la llené y se la clavé al hijoputa en un ojo: la dosis que le inyecté hubiera bastado para matar a varias personas normales. Pero no a él: se quedó ahí, parado, como en pausa. Me pregunto si presencié el equivalente zombi a un coma hipoglucémico. Lo importante: gané el tiempo necesario para alcanzar mi albaceteño y decapitarle.
Ese maravilloso cuchillo me ha salvado la vida demasiadas veces esos días. Ochenta centímetros de grafeno cerámico, mi único compañero. Al menos hasta que se activó la gargantilla localizadora la mañana del séptimo día. Un par de horas después sobrevolaba La Zona en helicóptero, de regreso a la civilización. Me rodeaba una panda de turistas excitados: parloteaban describiendo sus experiencias de caza. Yo mantuve un hosco silencio. Nadie me habló. Mejor.
Ahí están: mis mierda de vacaciones, jefe. Y ahora a la rutina…
Pero antes de salir de su despacho quiero hacerle un regalo. Uno muy especial, traído desde La Zona. Sí, de veras, he conseguido lo imposible: traerme un souvenir de allí.
No me mire así, por dios: tampoco duele tanto el pinchazo.
¿No comprende lo que ha pasado? ¿Recuerda que le hablé de un zombi al que detuve inyectándole insulina en el ojo? Lo hice con esta aguja. Tras matarle tuve la inspiración. Guardé la aguja en su sobre, escondiéndola al fondo del botiquín. En aduanas no inspeccionan con el debido detenimiento el botiquín de un diabético.
Así me voy a resarcir de mis vacaciones de mierda: disfrutaré de la caza con escoria como usted. Usted y los mierdas de esta oficina.
Me voy. Regresaré en cosa de dos horas, cuando se haya desencadenado el virus en el edificio. Volveré con mi albaceteño en una mano… ¡y un feo semiautomático ruso en la otra!

Texto: Juan F. Valdivia

Narración: La Voz Silenciosa