07 octubre, 2013

Mis únicos vicios

Siempre había pensado que fumar era mi único vicio. Hasta que le conocí a él. Hasta que probé sus labios, su cuerpo. Desde entonces, entre calada y calada, no volvió a sucederse una sola semana oscura entre mis meses. Cada hora que pasaba con él olía a papel recién encuadernado, a lluvia a punto de caer, a lápices nuevos, a viento despeinado. Cuando sus dedos le susurraban a mis mejillas o comenzaba a coserme la piel a besos sentía que el mundo cabía en mis bolsillos, que el tiempo giraba en sus manos. Nos envolvían y abrazaban los minutos, tornándose naranjas o azulados los días, según las circunstancias o la cantidad de risa que hubiésemos acumulado. Así que las manecillas del reloj vivían siempre aceleradas bajo el influjo de unos latidos desbocados y pronto dejamos de comprender el significado de la palabra "desolado". Aquellos días nos besábamos cómo si entre las bocas nos despertara la primavera, cómo si nos brotaran flores de los labios, siempre húmedas por el rocío de una madrugada que palpitara aún con fuerza. Hacíamos el amor y nos deshacíamos en sudor y en detalles, jugando a memorizar cada destello de la pupila del otro. Y nunca nos cansábamos, porque cada caricia, cada roce, los sentíamos como si de los primeros se tratasen. En una vida en la que antes de nosotros no existía nada. Nada tan bueno. Tan puro. Tan real como la excitación de saber que aquellos días fueron ayer. Son hoy. Serán mañana.

Texto: Elena Álvarez González