21 octubre, 2013

Práctica



Conseguí por fin a principios de verano unas prácticas en la empresa de mi padre, y a pesar de tratarse de su negocio, el viejo, un hombre estricto y poco razonable, siempre había dejado clara su postura ante cualquier clase de nepotismo: “Las cosas hay que ganárselas, muchacho. A pulso, si hace falta.” Me decía siempre. “Uno no llega hasta mi posición sin haber limpiado un poco de mierda antes.”
Y vaya si tenía razón, al menos en lo que a la mierda se refería. Aun recuerdo con claridad los primeros días de mis prácticas, en los que yo y algunos becarios más, éramos prácticamente arrojados desde la parte trasera de una furgoneta blanca para dedicarnos, embutidos en monos y guantes de idéntico color, a fregar suelos cubiertos de sangre aglutinada, a recoger casquillos de balas. Tal vez a despegar de techos y paredes fragmentos viscosos de lo que, suponía, serían restos de algún desgraciado cerebro.
Lo cierto es que me costaba bastante imaginar al viejo en semejantes tesituras, sobretodo actuando así, sin rechistar, sin pensar. Porque así era cómo teníamos que trabajar nosotros; sin preguntar y deprisa.

Un par de semanas después, ya estaba siendo lanzado desde el asiento trasero de un

monovolumen con otro de los chicos que me había acompañado durante las primeras tareas de limpieza. Entonces éramos nosotros los encargados de sacar el cuerpo de la escena y de empaquetarlo para introducirlo después en el maletero de ese coche negro que siempre esperaba a las puertas. Quién conducía ese coche o a dónde iba el muerto ni lo sabíamos ni nos preocupaba.
Más tarde, hacia mitad de verano, comencé por fin a desarrollar el trabajo en solitario, conduciendo un sedan negro aquí o allí, según se me ordenara. Recorrí cientos de kilómetros en absoluto silencio por la ciudad, cargando cadáveres en el maletero y trasladándolos hasta un desguace de automóviles del extrarradio, hasta que en la última semana de agosto me notificaron el “cambio de departamento”.

Hace unos días me asignaron un supervisor, un traje y una semiautomática de calibre nueve milímetros. Con ellos, me dieron un nombre, fecha, lugar y hora. Una oportunidad para convertir mi puesto de becario en puesto fijo.

Y ahora estoy aquí, clavándole el cañón de la pistola a un pobre desconocido en el cielo de la boca. Un pequeño movimiento del dedo índice bastará para pasar a engrosar las filas del ejército de sicarios que mi padre comanda.
Así pues, con un estruendo seco, la humeante cabeza de la víctima choca contra la pared y lentamente cae con los ojos en blanco arrastrada por el peso de su cuerpo inerte, dejando tras ella un colorido rastro de victoria.
Mi supervisor me da entonces una palmada de aprobación en el hombro y saca del pantalón de su traje el teléfono móvil. “Estás dentro”, dice al momento. Y rememoro los últimos meses sin poder evitar sonreír al recordar las palabras preferidas del viejo.

Supongo que ahora la mierda la limpiará otro.


Texto: Elena Álvarez González
Narración: La Voz Silenciosa