03 octubre, 2013

Un millón de rublos



Aquellas vacaciones no fueron especiales, ni diferentes de las anteriores, pero son las que mejor recordamos. Yuri y yo estábamos a orillas del Baikal, paseando solos por la arena descalzos, él se adelantó unos metros para recoger algo medio enterrado del suelo y me llamó a voces, “¡Katia!, ven mira esto”. Aún nos quedaban dos días vacaciones en Irkutsk y esa mañana fuimos a pasar la tarde al lago para disfrutar del ocaso. Me enseñó una cartera de piel, renegrida, como arañada por el tiempo, muy deteriorada. Dentro una tarjeta de identidad, con las letras borrosas que apenas se distinguían. Nos sobrecogimos al leer el nombre de su propietario: Vladímir Ilich Lenin. Observamos con detalle el documento, desde luego la foto parecía la de él. Desconcertados regresamos al hotel. En la triste y quejumbrosa luz de la habitación, sacamos de nuevo la cartera y la volvimos a examinar. Al principio pensé que debíamos entregarlo en la policía, pero luego preferí esperar y pensar. Si el documento era falso quedaría en nuestro recuerdo como una anécdota de las vacaciones, pero si era auténtico, quizás nos diesen una recompensa o mejor aún podríamos venderlo a un anticuario que pagaría una fortuna para subastarlo después. Podríamos comprar ropa nueva para el invierno, dejar la fábrica, abrir nuestro
negocio, adquirir un coche, tener casa propia, incluso el año próximo podríamos ir a España de vacaciones como los ricos.
—Oye, ¿podemos vendérselo a alguien?, quizás valga mucho.
—No lo sé Katia, antes debemos asegurarnos que es auténtico. Hablaré con Víctor, su hermano trabaja en el museo y sabrá que hacer.
—Tenemos que ser cuidadosos, nos lo pueden quitar. Hay que aprovechar esta oportunidad, ¿cuánto crees que puede valer?, ¿un millón de rublos?, ¿dos?.
—No debemos ser tan optimistas Katia, puede ser falso.
—¡No seas tonto Yuri!, ¿no ves cómo está de viejo?, ¿has visto la foto?, es Lenin, seguro. Puede llevar años ahí enterrado y lo hemos encontrado nosotros. ¿Por qué no volvemos ahora mismo a Moscú?, iremos al barrio de los anticuarios, cuanto antes mejor. No deberíamos perder más tiempo aquí, en este mísero hotel de vacaciones para pobres.
Mientras él se encogió de hombros, me puse a guardar nuestra ropa en la maleta. Volveríamos esa misma noche, aún podríamos coger el transiberiano. Me aseguré de esconder bien la cartera bajo mi ropa interior, a salvo de robos en el tren. Empujé a Yuri a salir de la habitación y bajamos hasta la recepción para devolver la llave y las toallas. Él no estaba conforme con mi plan, pero yo era capaz de todo. Me corría prisa dejar atrás la miseria y la mediocridad.
En la recepción toqué impaciente el timbre para avisar al encargado, cuando Yuri empezó a reírse estrepitosamente dejándose caer sobre una butaca de la entrada, mientras señalaba un pequeño cartel junto al mostrador: “Juegue nuestra lotería y gane un millón de rublos. Participe y gane una magnífica reproducción del pasaporte de Lenin”.

Texto: José Antonio García

Narración: La Voz Silenciosa