04 octubre, 2013

Vacaciones de placer

Texto participante
en convocatoria.
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El despertador suena en la habitación dormida. El sol ni siquiera ha despuntado por encima de la línea del horizonte sobre un mar tranquilo.
Me levanto con rapidez y sin hacer ruido. No quiero despertarles.
Me aseo y me dirijo a la cocina. Conecto la cafetera y mientras el humeante líquido negro comienza a caer en la jarra de cristal, introduzco unas rebanadas de pan en la tostadora. Pelo y troceo unas patatas y mientras se fríen despacio en aceite bien caliente aprovecho para recoger la ropa del tendedero y planchar las camisetas de los niños y el polo de mi marido. Suelto la plancha con brusquedad. Casi se me queman las patatas con las que debo hacer la tortilla para el almuerzo. Las mezclo con el huevo y cuando la voy a dar la vuelta una traicionera gota de aceite hirviendo me quema la muñeca.
Un grito de dolor recorre el apartamento y, atraída por él, la despeinada cabeza de mi marido aparece recortándose en el marco de la puerta de la cocina. Me pregunta si estoy bien y ante mi respuesta afirmativa me pide que le sirva un café mientras él se afeita.
La algarabía de los niños les precede y anuncia su llegada desde la calidez de sus camas hasta el caos que reina en la cocina. Se sientan a la mesa y piden a voces su leche con cacao. Y no quieren tostadas, quieren magdalenas. Pues no quedan, se han terminado. Más lloros. Su padre les grita desde el baño que dejen de armar escándalo.
Me vuelvo hacia la ventana de la cocina y la abro de par en par. Respiro profundamente. El aire salado inunda mis fosas nasales. Cierro los ojos para disfrutarlo.
Solo quedan dos días de vacaciones. Y después vuelta al descanso de la bendita rutina.

Texto: Juan Carlos Mieres Fernández

Narración: La Voz Silenciosa