28 diciembre, 2013

Ida y vuelta

Muy bien, dijo aquel hombre, y sacando la boina al aire el Señor Estévez quedó de acuerdo. 
El carromato llevaba algunas verduras recién apañadas y leche en algunos cántaros. Los largos bigotes danzaban al aire igual que las alas de algunos cuervos que esperaban en los alambres para lanzarse y picotear todo lo que brillara. Los bigotes y el unicornio y la recia voz pedante, todo el tiempo detrás de la puerta de rejas consintiendo, si o no. El chiquillo mayor observa y de reojo mira y, en silencio, sentado en lo alto, espera que continúe el viaje, que por el camino empedrado y lleno de pisadas de bueyes, llega al mercado de abasto. No ha pasado mucho tiempo desde la larga batalla y los barcos llegan poco a poco y de tarde en tarde y la comida no es abundante. La señora Delgado amasa el poco trigo en polvo del gofio que dormía en la alacena y poco a poco el agua cae en el cuenco y sonríe porque al mediodía, cuando el sol se encuentra muy alto iluminando de blanco cada esquina, ella sabe que todas las bocas se reunirán alrededor.

Texto: María Estévez