09 febrero, 2014

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—El pecado —ruge el predicador agarrándose con fuerza al púlpito— es engañoso como la nieve. Nos atrae, pero hiela nuestros corazones —se toca el pecho—, nos aleja del Señor —estira los brazos marcando una distancia insalvable— y nos hunde en el infierno.

El cura, jadeante, clava los ojos en el atril ante los atemorizados feligreses mientras la nieve azota las vidrieras de la iglesia. La inusitada tempestad ha congregado a todos en busca del calor de las encendidas palabras del párroco. No cabe ni un alma más en el recinto, donde el olor a incienso se entrevera con el de la lana mojada.

—¡Pecadores! —atruena el pastor ante el tembloroso rebaño—. ¡Pecadores! —vocea fuera de sí. La vesania del iluminado asoma en sus ojos y sus uñas hieren las tapas del Evangelio— ¡Peca...!

El llanto de un bebé restalla como un relámpago y el cura, fulminado por un súbito ataque, entrega su vida en esa iglesia que parece flotar en medio de la nieve, como una lata vacía abandonada en el océano. Una lata que contenía el miedo, la pasión y la sonrisa de un dulce bebé recién acallado, cuyo llanto ya nadie olvidará.

Texto: Mikel Aboitiz