21 febrero, 2014

Coponieve

Nací una fría noche de invierno. Tez clara y pelo rojo fuego. De mi mano llegaron las nieves. Contaba mi madre que, siendo muy pequeño, anduve perdido en el transcurso de una monumental nevada. Organizaron interminables batidas y se peinó, palmo a palmo, cada rincón sin respiro. Días más tarde, cuando las esperanzas de hallarme con vida se desvanecían, regresé. Aparecí descalzo, dibujando un menudo rastro de pisadas blandas. Mis cabellos, hasta entonces como las brasas, se tiñeron canos. Nada pude explicar de lo acontecido porque, desde ese día, no volví a pronunciar palabra alguna… Ya no las necesitaba. Mamá murió sabiendo que algo mágico debió sucederme. Y no se equivocó…
Ahora formo parte de otra realidad y, a través de mis cristales de hielo, contemplo el mundo. Me divierte inventarme, cada vez, en formas diferentes, buscando la belleza y la armonía. Cuando las temperaturas lo permiten, me dejo caer con gusto sobre las ciudades y los campos, y pinto sonrisas albas en sus apagados grises.
Soy feliz sintiendo como propia la alegría, que se dibuja en el rostro de los niños, cuando aparezco por sorpresa, y disfruto –aún más si cabe– ante el gesto de fastidio de sus padres.

Texto: Towanda