12 marzo, 2014

Un mundo bipolar huele a violetas

Seguramente la copa de cristal lleva ahí dos días, aún con huellas y con posos secos y ramificados. Alguien la tuvo entre sus manos, alguien sorbió y alguien dejó que la esquina resultara ornamentada por el difuso dibujo del cristal. La oquedad de la pared; de la mesa y la silla; de una ventana acristalada y enrejada, nada es nada en huecos, pero visibles a la vista de quien pueda entrar y arreglar todo un poco; recoger el visillo, anudarlo y levantar la persiana; deslizar suavemente el plumero por dos imágenes sepias, una de ellas parece que late, aún. Un paño blanco de algodón recorre la mesa de nogal y coloca dos o tres libros que parecieran haberse despeñado. El tic tac del reloj y el vaivén del péndulo, y ahora las campanas de la iglesia; un último repaso y queda ese olor a limpio, igual que cuando se tiene un ramo de violetas en los brazos y se eleva a la nariz para absorber la fragancia. Los desayunos esperan en un lado y otro y los pies calzados se aproximan para ocupar cada silla. Hay un coche en la puerta, hay una parada del bus cerca; las mochilas, y las prisas acuden a otro día. La puerta se cierra igual que la tumba de Khonsu; la misma copa de cristal en la esquina y el mismo lugar, hueco.


Texto: María Estévez