08 abril, 2014

La casa de los arquillos. Relatos de Pilar Aguarón

Título: La casa de los arquillos,
Autora: Pilar Aguarón Ezpelta.
Editorial: La Fragua del Trovador
Zaragoza 2013.
Relatos. 126 Págs.
Hay veces en que uno, cuando se sitúa ante un objeto antiguo, siente que el paso del tiempo lo ha impregnado de sus huellas, unas felices, y otras melancólicas cuando no trágicas. Las cosas como tales no hablan, pero una mirada aguda y penetrante puede encontrar mensajes que para la mayoría pasan inadvertidos; más que ocultos, invisibles.
Pilar Aguarón Ezpeleta (Zaragoza, 1955) —dueña de esta mirada capaz de descubrir en lo más cotidiano pequeños sucesos que atan al lector al relato—, al escribir La casa de los arquillos, ha construido un edificio de líneas esenciales y limpias, que se nutre en buena parte de su sagacidad para descubrir esas historias que el paso del tiempo ha anotado en objetos inanimados, como si la vida, a pesar de ser un río que pasa y no se detiene, quisiera dejar noticia de su galope.
Como dice su contraportada, no es una novela, pero tampoco es un libro de relatos al uso. Aguarón ha encontrado un espacio a caballo entre ambos. 

Cada cuento tiene lectura independiente y por sí mismo presenta una historia cerrada. Sin embargo, como ocurre con los collares de perlas, cada una de las peripecias ensamblada a la anterior y a la que le sigue, acaba por formar un todo que le convierte en un edificio formada por diez habitaciones, a las que se accede a través de un pequeño
zaguán de espléndida factura y obligado paso.
Al contrario de lo que sucede con algunas novelas, en que de pronto se cuela otro relato casi independiente (lo que por otra parte aconseja que se haga, por ejemplo, el Nobel peruano Vargas Llosa, a imitación de lo que ya hizo Cervantes con el Quijote), la escritora zaragozana urde un mosaico en que cada tesela es imprescindible para la comprensión del conjunto. Así pues el hallazgo literario de Pilar Aguarón no está en el lenguaje, ni siquiera en el modo en que estructura cada relato, sino en la arquitectura completa de la obra. Compleja tarea para cualquier escritor, pues es casi imposible evitar que una de las historias se convierta en el vértice sobre el que gire el resto. Como ella lo sabe, no engaña al lector y lo pone sobre la pista de inmediato con el título, que avisa, no sólo de una rica casona de un pueblo turolense, sino de que nos encontraremos con muchas estancias, pero todas ellas enlazadas de algún modo: bien por los personajes, bien por los sucesos, bien por algún objeto que se traspone de un lugar a otro.
La escritora: Pilar Aguarón Ezpeleta

Sin embargo, a este comentarista le parece que tales cuestiones formales no son las que más importan a la autora.

Ella, como ha hecho en cada uno de sus libros, es experta en bucear en los corazones de sus personajes para encontrar en cada uno el destello de luz que los humanice y los torne reales, palpitantes, a los ojos del lector. De tal modo que incluso los más repulsivos a priori siempre tienen un rincón de bondad o ternura o compasión.

Pilar sabe bien —no es una novedad de este volumen— que el ser humano es complejo y en pocas ocasiones es plano. Como buena pintora, sus pupilas son expertas en detectar las sombras y las luces sobre cada superficie.

En este libro predomina cierta melancolía en todos los personajes. Más aún que en otros de sus libros. Melancolía que se explica a la perfección porque la autora se centra en personas que han sufrido en algún momento de su existencia el dolor del desarraigo. A pesar de que el ser humano desde el inicio de su andadura por el planeta, se vio obligado a desplazarse de un lugar a otro, siente un apego especial al terruño donde nació, y verse obligado a transplantarse por la circunstancia que fuere a otra tierra produce una sombra lánguida en el ánimo de la que no es fácil desprenderse.

Es en los personajes, en donde se encuentra el lazo más fuerte que anuda cada relato, pues aparecen en un momento y una situación, para luego reaparecer en otra circunstancia bien distintaEn esta nueva entrega de Aguarón Ezpeleta asoma otra inquietud, de la que nos avisa con la cita de Borges escogida como orla: El olvido es la mejor venganza, y el mejor perdón. Aunque no es el protagonista, diríase que el libro es atravesado por un aire que aún trae hediondos efluvios de viejos o atávicos odios que provocaron tanto dolor, tanta sangre, tanta humillación y tanta injusticia; tantos y durante tanto tiempo que acaso sólo el olvido cancele sus efectos aniquiladores.

Pilar Aguarón tiene larga trayectoria en el ámbito del relato corto: no sólo cuenta con innumerables participaciones en libros colectivos, antologías y revistas, sino que ha publicado cinco libros individuales, es cofundadora (junto a Anabel Consejo y José Antonio Prades) del grupo 3de3, colectivo que además de tener tres títulos en su haber, organiza anualmente una la jornada Sébreve en que se realza este género. Podría afirmarse que, con sus compañeros de asociación, es militante, casi activista, en favor del relato corto en todas sus variedades y extensiones. Esta militancia, que nace de la fe inquebrantable en las bondades de este género, adquiere altas dosis de compromiso en este volumen que convendría no perder de vista, por los amantes de este tipo de narrativa, y por los amantes de toda narrativa honesta y comprometida con lo humano.

Reseña: Amando Carabias