07 mayo, 2014

Alzar el vuelo


Todas las mañanas contemplaba el cielo.
Llevaba meses encarcelado. Sin visitas, con la agónica espera de quien se sabe desahuciado.
Al alba, le traían la comida y limpiaban el habitáculo. Mientras, transitaba entre pensamientos suicidas y planes de fuga; rumiaba el cómo y el cuándo se liberaría de aquellos barrotes que, por momentos, le iban carcomiendo.
Se sentía desamparado como un "robinson"…como mecedora abandonada en el trastero. En su mente, un propósito minuciosamente urdido: escapar.
Lo haría temprano, para no levantar sospechas.
Una mano se acercó.
Abrió la cancela de la celda, lentamente, como si sospechara…
Entre carcelero y reo hubo un cruce de miradas furtivas; el primero, vislumbró nítidamente, el Houdini que tenía enfrente. Como si se le disparara un resorte, trató de cerrar la puerta. El reo, brincó sobre su cara desempotrándole un ojo con la facilidad con la que se desprende, un botón de su ojal.
El ojo cae cual manjar en el mismo centro de un cubierto.
Dos manos curtidas taponan la caverna sanguinolenta, y un grito ensordecedor huye y se aleja encorvado.
El reo jadea entre los barrotes.
La puerta abierta.
El cielo esperando inmenso; la puerta abierta…
El canario ya puede alzar el vuelo, nada se lo impide.
Amanece al fin. El sol resplandece con inusual belleza; corre un airecillo delicado, como cuando cae la hojarasca otoñal y sacude las alas de las mariposas.
Más el pájaro, arquetipo de muchas almas colectivas, se queda arrinconado.
Absorto, pastoreando y rumiando cielos, acicala sus plumas mientras el ojo del carcelero, impertérrito, le observa fijamente desde el plato.



Texto: Mery Suárez Santana
Narración: La Voz Silenciosa