12 septiembre, 2014

Vicky

Cada vez me despierto más temprano, sobre todo los domingos, no sé si lo hago para mostrarle una alternativa a su conducta o por representar el papel de mudo dedo acusador. Como de costumbre no saluda, va derecha a la cocina a beber algo de zumo. Voy hacia la cocina, sin ganas de conflicto, simplemente a ver con mis propios ojos lo que he visto tantas veces.
-Hola Vicky.
-Hola papá.
Me da la espalda, bebe su zumo a pequeños sorbos. Me deja espacio para que yo pueda llenar un vaso de agua.
-Dame un beso al menos. ¿No es un poco tarde para volver a casa?
-Es que hemos ido a desayunar.
Se gira y me besa, ahora su pelo es azul, de espaldas es rojo, y veo sus ojos agrandados como dos focos y sus mandíbulas tensas y apretadas.
-Me voy a la habitación.
No falla, es como un reloj, cada sábado la misma historia. ¿Y cómo esconder ciertas cosas a una persona nacida en 1965…? Se podía engañar a los padres de posguerra, la siguiente generación tuvimos información de primera mano. Y si su madre estuviera aquí, ¿qué haría…? ¿Actuaría, o se lavaría las manos? Vaya pregunta más estúpida... desde la butaca escucho el ritmo machacón de su música preferida, ahora fumará y fumará hasta que le entre el sueño, y yo seguiré aquí, sentado, mirando la tele apagada… luchando para que este pacto de silencio no me sofoque y se desborde, ahogándonos a los dos.


Texto: +Alejandro Vargas Sánchez 
Narración: La Voz silenciosa