25 enero, 2015

Ya estoy desintoxicado

El domingo pasado les comenté que estaba preso de mi teléfono, que me iba a desintoxicar y prometí contarles el resultado. Así que lo prometido es deuda.

Foto de un campo de refugiados de Sebastião Salgado
Así apareció mi móvil cuando lo encendí
Podría ponerme a filosofar pero prefiero resumirlo en que: no pasó nada. Fui capaz de apagar mi SmartPhone durante noventa y seis horas (4 días), pero ahora que lo leo me parece ridículo. La hazaña hubiera sido hacerlo durante seis meses, pero sería casi como desconectarse del mundo. Era solo un reto personal y una necesidad. Es donde leo las noticias, llevo mi agenda, los contactos, tengo motorizado mi trabajo, donde consulto cualquier información, donde escucho música y la radio, donde incluso invierto tiempo de mi ocio...

He de confesar que jugaba con ventaja, mis contactos más queridos sabían que iba a estar desconectado, otros habían leído mi Editorial, así que me localizaban por otros mecanismos. El resultado fue que cuando encendí el teléfono tenía:

  • 1.757 email por leer
  • 97 wassaps
  • 34 mensajes de voz
  • 22 tuiters directos
No pasó nada. Todo pudo esperar. El mundo sigue funcionando sin nosotros. Aunque no lo creamos ;))

Sentí un verdadero alivio. Estaba muy saturado. Dejar el móvil atrás es una experiencia que aconsejo. El segundo día de estar desconectado fui a ver la película/documental “La sal de la tierra” que trata de la vida y obra del fotógrafo Sebastião Salgado y reflexioné aun más sobre la dependencia que tenemos sobre el móvil. Nos encontramos huérfanos si no lo llevamos con nosotros. Seríamos incapaces de hacer un simple viaje sin su compañía. Sin que nos orientara y nos dijera donde estamos, sin poder avisar a la grúa si se nos avería el coche, sin poder llamar a una ambulancia si nos duele la “barriguita”, sin poder avisar a un taxi, sin llamar a mamá si estamos un poco bajitos o sentimos miedito.

Disfrutaba con la película y traté de ponerme en la piel de Sebastião Salgado, adentrándose en lo más profundo de África, en inmensos campos de refugiados, enfermos y famélicos y llegaba y decía “me quedo a vivir con ellos unos meses”. O en Brasil y otros lugares donde la vida no valía una “mierda” y en cualquier esquina te pegan un tiro... él no tenía un móvil para poder llamar y decir vengan a buscarme que ya no me gusta este juego. Tengo hambre y miedo. 


Creo que este editorial era la excusa para aconsejarles que no dejen de ver “La sal de la tierra”