04 abril, 2015

Creación malditista

Todos lo hemos probado alguna vez. Nos hemos sentado a la máquina de escribir con un par de botellas de vino y un paquete de Cámel, sabiendo que la inspiración llegaría en algún momento. Ebrio de sufrimiento, los poemas ensayan su dolor en el canto de un vaso ciego. Después de un par de cervezas, una calada al pulmón más tarde, te sientes tan seguro que el tiempo que te queda apenas parece importar demasiado. Esta noche, el ARTISTA ha vuelto, piensas, paladeando cada instante de eternidad. Imaginas los sesos de Hemingway desparramados por la terraza. A John Fante agonizando ciego en un hospital de los Ángeles. A Bolaño soñando con su trasplante. Y te lanzas, te partes la cara el verso. Estás trempado como un perro en celo y las musas descansan sobre la cama con las piernas abiertas. Tus dedos restallan como relámpagos sobre las teclas. Las hojas se acumulan, puñados de cuartillas, montones de páginas, de inspiración sobresdrújula, se hacinan entre botella! s vacías y colillas moribundas. Hasta que te alcanza el amanecer y languideces como una mariposa politoxicómana sobre la cama. Borracho. Destruido. Maldito. Otro día nace entonces. Estás despierto. Otra vez. Pones el café a calentar. Te das una ducha. Entonces te acercas hasta la mesa. Enciendes un cigarrillo. Lees. Palabras. Más palabras. Amalgamadas. Ensortijadas. Pura basura restregada. Nada de lo que creías recordar.

Texto: Rafael López Vilas