06 agosto, 2015

Reseña de la novela "El caso de la Pensión Padrón"

Reseña: +José A. Perales 
El infierno anidaba en el centro de la ciudad

En el año 2010, aparecieron en una pensión de Santa Cruz de Tenerife, los huesos de un cadáver. Si la noticia es ya de por sí escalofriante, más lo es, si se añade que el esqueleto pertenecía a un hombre fallecido dos años antes, que los huesos estaban escondidos entre los colchones de una mugrienta habitación o que en el mismo catre dormitaba una pareja de toxicómanos, desconocedores del suceso. Y si espantoso resulta que en el siglo XXI, en el marco de una sociedad contemporánea, se produzca un suceso tan macabro, todavía es más absurdo que dichos hechos ocurran en el corazón de una ciudad moderna, en un lugar tan denigrante como la tercera planta de la Pensión Padrón, un infierno carente de agua o electricidad, sin ley ni orden, donde reinaba el caos y los olores repugnantes, y donde anidaban a sus anchas tribus de desheredados, yonquis y prostitutas de la más ínfima condición humana.

Con este punto de partida, un episodio más de la España negra, Ana Joyanes y Francisco Concepción, narran a cuatro manos, alternando los capítulos (Francisco los impares, Ana los pares) el macabro suceso y las consiguientes investigaciones. Han elegido jugar con el tiempo, alternar los acontecimientos, así la novela discurre entre el año 2008, durante los meses anteriores al crimen, y el año 2010, una vez que han aparecido los restos del esqueleto. Desde luego, la idea de aventurarse en recrear unos hechos tan macabros, no parece una tarea sencilla, y más teniendo en cuenta que al ser dos los autores, habrá también, dos formas de entender la composición narrativa. Es de justicia reconocer la valentía que han tenido para enfrentarse al suceso sin ningún tipo de prejuicio, con talante descarnado y para nada complaciente con el lector; incluso, a medida que avanza la narración, ésta se hace más dura, más terrorífica, los períodos de tregua escasean.

En el desperfecto del techo llegó a ver un ángel de blancas alas. Sonrió y pensó que la muerte era una malvada que tenía estudiados mecanismos para doblegarle. Tomó con la mano derecha la hojilla y la situó sobre la muñeca izquierda. Apretó hacia dentro con fuerza, sin deslizarla y comprobó cómo sus venas se hinchaban.

Francisco Concepción Alvarez
Los autores Francisco Concepción y Ana Joyanes
De entrada, parece que el lector se enfrenta a una novela de género negro, afirmación que aun siendo cierta, no es del todo suficiente para definir el libro que tiene delante. Y es que, durante muchas fases, el relato recuerda más bien, a una novela de denuncia social, una cruda novela sobre perdedores, una novela–documento que acredita otros mundos, y que no es necesario viajar lejos para conocerlos, ya que muy cerca de nosotros, conviven los marginados, personas que han caído en el último eslabón de la cadena social. Como ejemplo tenemos la fauna de personajes que frecuentaban la Pensión Padrón; en aquel antro se refugiaban gentes como un hombre atormentado por el recuerdo de “la zorra de su ex”, como un yonqui sin escrúpulos, una sanguijuela de la más baja moral, como un enfermo mental y depravado sexual con sensibilidad para tocar el acordeón, como una desdentada prostituta capaz de cualquier cosa por un trago o una pastilla, como la dueña de la pensión, que padecía alzhéimer, como el marido de ésta, que vivía autoexiliado en la azotea, en compañía de una radio de aficionados, o como un “encargado” larguirucho que atemorizaba y chuleaba el bolsillo de todo aquel que por la pensión se asomara. Hombres y mujeres que
lo habían perdido todo, que convivían con el terror, que sólo necesitaban para subsistir algo de droga, bebida o comida, y que nada esperaban de un futuro inexistente.

Solo los ataba a este mundo el contacto de sus zapatos con el pavimento que pisaban.

Como es lógico, estas personas habían llegado a un punto sin retorno, por una serie de errores cometidos en el pasado: las drogas, el alcohol, la prostitución, las enfermedades, las bajezas morales, la violencia, el delito o, simplemente, la mala suerte, son factores suficientes para anular a una persona y sepultarla de por vida en la tragedia. Cuando uno pasea por la ciudad, es frecuente encontrarse con personas que lo han perdido todo, personas que están tiradas en la acera pidiendo limosna con un cartel repleto de faltas de ortografía, que a modo de reclamo, intenta sugerir al viandante, que la vida es como una moneda con su cara y su cruz. Cuando el mismo viandante da la vuelta a la esquina, olvida al mendigo, y ahí es precisamente donde aparecen los personajes de esta novela; a la vuelta de la esquina está el infierno del “pobre del cartel”, su universo particular, un submundo sórdido, cruel y peligroso entre los muros de una mugrienta pensión, donde subsistir a diario, es ya de por sí, toda una hazaña.

Pero no solamente los ocupantes de la siniestra pensión, sufren el abandono, en El caso de la Pensión Padrón, hay otras víctimas sociales. Tanto Samuel como Elisa no están en condiciones de alcanzar el bienestar emocional o profesional, son los “otros perdedores”. Samuel personifica a buena parte de la condición humana occidental, es periodista en un diario local, su relación con el redactor jefe es complicada, y con el resto de compañeros casi inexistente, no se le conoce familia, sólo un amigo para jugar al tenis o beber unas cervezas en el club, alterna con mujeres de alquiler. Elisa huye del pasado laboral, afectivo y familiar, para enfrentarse a un futuro más que incierto, una mujer que incluso viviendo con su hijo, un niño de cinco años, necesita del alcohol para olvidar el pasado, y de un buen polvo para sentir el presente.

El hombre levantó la cabeza de sus papeles y se cruzaron las miradas, que mantuvieron durante unos segundos. Elisa sintió la conocida inquietud en el bajo vientre, la necesidad fugaz pero demandante. Se sintió tentada de dejar el taburete en el que estaba sentada y acercarse a él, intentar trabar conversación y quién sabe qué más.

Y con este grupo de perdedores y la ciudad de fondo, Ana Joyanes y Francisco Concepción han escrito El caso de la Pensión Padrón, una obra donde convergen dos novelas en una, si bien es verdad que enlazadas por los acontecimientos y los personajes. En la primera, la de 2008, es una historia más social, en la que prima la denuncia, un documento contra el desarraigo, la soledad, la violencia y hasta el terror. En la segunda, 2010, asoma la investigación del caso y otra faceta de la vida cotidiana, también dura, pero más cercana al lector, que respira adivinando relaciones más amables, incluso hay algún resquicio para la ternura que, afortunadamente, para nada suaviza la sordidez del relato, los autores no dan tregua al lector, prefieren ser fieles a la cruda realidad de sus protagonistas.

Gateó hasta el rincón más apartado de la habitación, sin siquiera subirse los leggins destrozados y pensó en cómo salir de allí.

La novela trasmite la impresión de que los autores han analizado el “¿por qué?”, indagando en los motivos que han hecho posible que una serie de desheredados caigan tan bajo en el estatus social, precisamente en estos tiempos, cuando el ciudadano confía en que las Administraciones Públicas disponen de los servicios sociales necesarios para impedir tales desgracias. ¿Cómo es posible que haya un submundo de parias a escasos doscientos metros de un club de tenis elitista y de una comisaría de policía? ¿Algún responsable de la Administración, puede contestar desde el sillón de su despacho?
En el fondo, a mi entender, carece de importancia si el relato es más o menos verosímil o si la ficción se confunde con la realidad; sólo hay un hecho innegable, el esqueleto como punto de partida, hecho que posiblemente también, ha sido el primer obstáculo que los autores han tenido que librar para embarcarse en una aventura tan apasionante, como presumo, ha sido escribir El caso de la Pensión Padrón.




"El caso de la Pensión Padrón"